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abril de 2003 


 Frutos amargos del apoyo de la izquierda y el movimiento indígena

Ecuador: el “coronel del hambre”
impone los dictados del FMI

 

Foto: Dolores Ochoa/AP
Foto GutiérrezEl coronel Lucio Gutiérrez en verde oliva el día de las elecciones, 25 de noviembre de 2002.

La elección de Lucio Gutiérrez Borbúa como presidente de Ecuador en los comicios de octubre-noviembre del año pasado suscitó una oleada de reacciones encontradas desde los distintos ángulos del mapa político latinoamericano. La derecha cavernícola vituperó que el ex coronel instalaría “un gobierno comunista como el de Fidel Castro” en Cuba. Alternativamente, sería “un nuevo Hugo Chávez”, el presidente venezolano bajo fuego de Washington y sus lacayos criollos. La izquierda reformista, en cambio, cantó hosannas al “coronel del pueblo”, quien iba a “gobernar a favor de los pobres”. Su elección formó parte de un “movimiento sísmico” a través del continente, sostuvieron, equiparándolo con el recién elegido presidente brasileño, Inácio Lula da Silva, abanderado del Partido de los Trabajadores (PT). 
 

Tanto la derecha como la izquierda domesticada se equivocaron. En visitas por separado a la Casa Blanca, Gutiérrez y Lula se declararon, en términos casi idénticos,  los “mejores amigos” del presidente norteamericano. Están acatando las órdenes del Fondo Monetario Internacional, que exige el recorte de subsidios y fondos de pensiones de los trabajadores. Se han plegado también a las exigencias del imperio del norte en materia de política exterior, colaborando con el Plan Colombia de contrainsurgencia y limitándose a comentarios discretos sobre una “solución pacífica” ante el baño de sangre llevado a cabo por el imperialismo yanqui en Irak. Pero Gutiérrez no es siquiera un izquierdista “moderado”, tipo Lula. Al tomar las riendas del poder, no obstante sus ocasionales posturas de rebelde, el mandatario ecuatoriano se reafirmó como militar burgués. Pronto nombró como comandante general de la policía al antiguo jefe de los escuadrones de la muerte policíacos. Como señaló el periódico de nuestros camaradas brasileños: 

“La Liga por la IV Internacional advierte que este populista burgués en verde olivo no es ningún ‘rojo’; gobernará el país andino a favor de los ricos y poderosos, implementando fielmente las medidas hambreadoras del Fondo Monetario Internacional y demás instituciones ‘multinacionales’ a órdenes de Washington.” 
Vanguarda Operária N° 7, enero-febrero de 2003
Y así fue. En las ceremonias de investidura, Castro se codeó con Chávez, y Gutiérrez con su homólogo colombiano Álvaro Ochoa, quien fue elegido presidente como el candidato de los paramilitares derechistas. A tres días de su toma de posesión, el flamante presidente ecuatoriano decretó una serie de medidas que subieron el precio del combustible en un 39 por ciento y las tarifas del transporte público en la capital en un 29 por ciento. Se congelaron los salarios de los trabajadores públicos (mientras la inflación supera el 10 por ciento). Luego de negociar una “carta de intención” con el FMI, se anunció un alza escalonada de la electricidad totalizando 28 por ciento, y de los medicamentos en un 10 por ciento. El agua también subirá, y tienen en la mira el subsidio al uso familiar del gas. Al mismo tiempo Gutiérrez insistió cínicamente, “no hay tal paquetazo”. Pero a los cien días de entrar en funciones, el único “logro” de su gobierno que resalta es el “firmar el acuerdo con el Fondo Monetario” (El Comercio [Quito], 25 de abril). 

Gutiérrez decretó “las medidas de siempre”, y provocaron la respuesta de siempre: disturbios estudiantiles, batallas callejeras, pedradas contra gas lacrimógeno, que duraron hasta finales de enero, con un saldo de más de 80 arrestos y un estudiante muerto. Pero en este caso, el enfrentamiento fue entre jóvenes izquierdistas en la calle y el presidente que la misma izquierda contribuyó fuertemente a instalar en el Palacio de Carondelet. El ex coronel respondió con una táctica novedosa: mientras trotaba de su casa al despacho presidencial, Gutiérrez se topó “casualmente” con unos 400 estudiantes, piedras en mano, conversó con ellos, y luego invitó a una delegación a desayunar con el jefe del estado en palacio. Pocos días después, 50 estudiantes se reunieron con el “compañero presidente” para negociar un arreglo. A cambio de extender la tarjeta estudiantil de media tarifa a los universitarios, activistas de las federaciones de estudiantes de secundaria (FESE) y universitarios (FEUE), dirigidas por la Juventud Revolucionaria del Ecuador (JRE), acordaron cabildear en el Congreso Nacional a favor de las “reformas” propuestas por el gobierno. 

Con esta componenda se dieron por terminadas las protestas estudiantiles, pero no el descontento popular que cundió por doquier. Al mismo tiempo en que se anunció el 30 de enero el acuerdo del gobierno ecuatoriano con el FMI para un crédito “stand-by” de unos US$200 millones, el ministro de economía Mauricio Pozo entregó la pro forma presupuestaria para el año 2003 que contempla recortes en programas sociales, también de US$200 millones, para supuestamente “equilibrar la economía”. Además cancelaron el alza de las pensiones del IESS programada para junio próximo. Todo eso porque ¡se destina el pago de unos US$4 mil millones, o sea el 43 por ciento del presupuesto total, al servicio a la deuda externa! Acto seguido, Gutiérrez voló a Washington, donde se reunió (acompañado por Pozo y la ministra de exteriores, Nina Pacari) con Bush. Al salir de la reunión, el presidente ecuatoriano anunció que le habría dicho a su anfitrión que “queremos convertirnos en el mejor amigo y aliado de los Estados Unidos” al “combatir el narcotráfico” y el “terrorismo”. Sobre la “agenda regional”, dijo que respalda “los esfuerzos del presidente Álvaro Uribe por lograr la paz” en Colombia. El entreguismo y sometimiento del súbdito semicolonial a su padrino imperialista es total.

En el plano interno, Gutiérrez procedió con ahínco en poblar su administración con militares y familiares. Entre los familiares se cuenta Janneth Gutiérrez, hermana del presidente, ahora subsecretaria de la presidencia, con rango de ministro. Otra hermana, Paola, es responsable del coordinado general del Banco de Estado. El coronel Napoleón Villa, su cuñado, dirige el Fondo de Solidaridad además de presidir el “partido” oficialista, la Sociedad Patriótica (PSP). El tío del presidente dirige el FISE (Fondo de Inversión Social de Emergencia). El primo de la primera dama es vicepresidente de Andinatel, en cuyo directorio también figura el nombre de la hermana de la cónyuge del primer mandatario. Militares fungen ahora como los ministros de energía, defensa y bienestar social; como presidentes de la Conatel y Petroecuador; y como gobernadores de las provincias de Esmeraldas, Cañar, Imbabura, Cotopaxi y Carchi (La Hora [Quito], 26 de enero). Pero más funesto aún fue su nombramiento a la jefatura de la policía del general Edgar Vaca, quien durante casi 20 años ha estado conectado con grupos “antisubversivos” que han torturado y asesinado a izquierdistas.

La Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) impugnó en 2001 el ascenso de Vaca por “haber participado en el grupo de exterminio antisubversivo SIC 10” (Servicio de Investigación Criminal) en el gobierno de León Febres Cordero, y en la tortura, en 1984, de Arturo Jarrín, del grupo guerrillero Alfaro Vive. Jarrín relata que le sometieron a choques de electricidad, garrotazos y  “el submarino”, torturas afinadas en las dictaduras militares del Cono Sur. Un ex compañero, Hugo España, cuenta en su libro El Testigo (1996) que el SIC 10 “fue una unidad especial, de elite y secreta, formado por el gobierno de turno con la finalidad de eliminar a los grupos armados”. Vaca, señala, siguió en su jefatura desde que se convirtió en la Unidad de Investigaciones Especiales (UIES) en 1986 hasta el 95 (ver Marlene Toro, “Imágenes del Ecuador represivo”, Tintají, 20 de febrero). 

Ahora como comandante de la policía, Vaca sostiene haber descubierto un complot contra la vida de Gutiérrez por una “Legión Blanca”. Pero esta versión es contestada por el ministerio de relaciones exteriores y por el ex coronel Jorge Brito, quien manifiesta que tal legión es un invento virtual de la inteligencia militar y estaría dirigida por el teniente coronel William Montenegro (La Hora, 26 de abril). Resulta que Montenegro está actualmente al mando del Grupo de Operaciones Especiales y de un equipo de la Inteligencia Militar responsable por la seguridad del presidente. Y, cosa curiosa, la misma Legión Blanca habría reivindicado el incendio en el edificio del Congreso ecuatoriano a principios de marzo. (Eso, después de que Gutiérrez había amenazado no ir al Congreso para asumir el poder, y llamado a combatir a la corrupción reduciendo el número de diputados.) Quién sabe hasta qué punto llegarán las conspiraciones que están siendo tejidas alrededor y desde dentro del régimen. Lo seguro es que auguran nada bueno para las organizaciones de los trabajadores, indígenas y estudiantes que apoyaron a Gutiérrez en los comicios. Ya se está investigando la presencia de “subversivos” en la Universidad Estatal de Guayaquil, y el Tribunal Supremo Electoral pretende cancelar el registro del Movimiento Popular Democrático.

No obstante las ilusiones sembradas por la izquierda para cosechar votos por Gutiérrez, la realidad es que Ecuador cuenta hoy, y no por primera vez, con un régimen castrense apenas disfrazado de civil. Ya durante la campaña electoral, el candidato Gutiérrez se reunió en privado con la comandancia de las fuerzas armadas. El ejército “es la columna vertebral del país” y por lo tanto “es una prioridad para nosotros contar con las fuerzas armadas”, comentó el coronel (r.) Ney Belástegui, coordinador de campaña del PSP (La Jornada [México], 25 de noviembre de 2002). Los seudoizquierdistas que cantan loas al “coronel del pueblo” bien podrían sacar provecho de esta lección de marxismo básico de la boca del militar: el ejército, junto con la policía, es el brazo armado de la burguesía y la “columna vertebral” del estado capitalista. Y Gutiérrez sigue siendo un oficial que acata la disciplina del instituto castrense, al igual que lo fue en enero de 2000, cuando entregó el poder al general Mendoza, quien luego lo pasó al dolarizador Gustavo Noboa. 

Repetimos que la elección de Lucio Gutiérrez no representó ninguna victoria para las empobrecidas y subyugadas masas obreras, campesinas e indígenas del Ecuador. Al contrario, el nuevo presidente populista traerá más hambre y más represión para los explotados. Durante la campaña, Gutiérrez prometió que el suyo sería un gobierno “con mano dura, pero tendida”. La mano dura será para los oprimidos que anhelan liberarse del yugo centenario de los explotadores que viven de su sudor, despreciando a los indios y pagando una miseria a los trabajadores; la mano tendida será para los capitalistas, criollos como extranjeros, que mantienen a Ecuador en su condición de semicolonia. Será precisa una revolución obrera, a la cabeza de los campesinos e indígenas insurrectos, para barrer con la escoria dorada que ha convertido al país en su coto de caza privado.

El apoyo a Gutiérrez por parte de las cúpulas de los sindicatos y de las organizaciones campesinas e indígenas en las últimas elecciones fue una traición fundamental a los intereses de las masas trabajadores. Ahora que el ex coronel comienza a desatar la represión, muchos de esos dirigentes van querer distanciarse de su amigo de ayer. Quieren que las masas se olviden de lo que ellos decían y hacían hasta hace poco. Es hora de sacar las lecciones. Después de múltiples levantamientos indígenas y paros cambativos, todos vendidos por sus líderes en aras de la colaboración de clases inherente de sus programas nacionalistas, hay que constatar que hasta hoy no existe en Ecuador un verdadero partido obrero, genuinamente marxista, que defienda la causa emancipadora de los explotados y oprimidos. La tarea de los revolucionarios internacionalistas es sentar las bases para forjar el núcleo de tal partido, tarea que sólo se puede realizar como parte integrante de la lucha por reforjar el partido mundial de la revolución socialista, la IV Internacional.

La burguesía ecuatoriana buscó un candidato apagafuegos

Durante la primera ronda de las presidenciales se presentaron los usuales candidatos burgueses con sus respectivos partidos (once en total), políticos que han sido gerentes fieles del capitalismo, como los ex presidentes Osvaldo Hurtado y Rodrigo Borja y el antiguo vicepresidente “socialista” León Roldós. Pero esta vez también hubo unas “caras nuevas”, como el empresario multimillonario Álvaro Noboa, el “rey del banano” que se proclamó benefactor de los pobres, repartiendo víveres, ropa, electrodomésticos y medicinas mientras explota sin piedad el trabajo infantil en sus plantaciones bananeras; el ex dirigente campesino Antonio Vargas, que traicionó al movimiento indígena que se levantó contra el gobierno reaccionario de Mahuad en enero de 2000; y el ex militar golpista Lucio Gutiérrez, quien junto con Vargas integró entonces la Junta de Salvación Nacional de corta duración. A los clanes que han regido Ecuador desde los tiempos de la colonia española les preocupan las innumerables protestas, huelgas generales y levantamientos de las masas trabajadoras que han sacudido el país de los volcanes durante el último lustro. Necesitaron un presidente apagafuegos, y ahora lo tienen. Que Gutiérrez logre apagar los fuegos del descontento popular es cosa bien distinta.

                                                                                 Foto: AP
Foto: Congreso ecuatoriano incendiado
El Congreso ecuatoriano, destruído por un incendio sospechoso, 
5 de marzo. Una “Legión Blanca” se adjudica la responsabilidad.

 La población ecuatoriana, cansada de los partidos tradicionales que han dominado la escena política desde el retorno a la llamada democracia en 1979 (el Partido Social Cristiano, la Democracia Popular, la Izquierda Democrática y el Partido Roldosista Ecuatoriano), optó por dos de los nuevos partidos. Álvaro Noboa Pontón abandonó las filas roldosistas desde las cuales se presentó como candidato en 1998 y fundó su propio partido personalista, el Partido Renovador Institucional Acción Nacional (PRIAN). Vástago de la familia más rica e influyente del país, con una fortuna que se estima en unos US$1,5 mil millones, Noboa figuró en una lista de “Los dueños de América” publicada por la revista Fortune, vocera de Wall Street. Noboa se jacta de sus amistades entre los gobernantes de los EE.UU.: durante sus frecuentes estadías en Nueva York, visita a los Rockefeller; cuando su hijo fue bautizado allá en la Catedral de San Patricio el año pasado (evento trasmitido por la televisión ecuatoriana), el padrino era Robert Kennedy hijo.

Por su parte, el coronel (retirado) Lucio Gutiérrez se presentó en la primera ronda como el espantajo de los banqueros y politiqueros corruptos, el barrendero que limpiaría los antros de perdición de la clase dominante. No obstante sus posturas “antioligárquicas”, Gutiérrez fue el edecán de los ex presidentes Bucaram y Alarcón. También estudió en la Interamerican Defense College en Washington, institución del Pentágono para el cultivo de cuadros dirigentes militares de América Latina; y luego en la Escuela de Cuadros para la Guerra Política (Fu Hsing Kang) en Taiwán, “academia” de la contrainsurgencia que tiene fama de ser la incubadora de los escuadrones de la muerte latinoamericanos y cuna de la Liga Mundial Anticomunista (ver artículo, p. 44). La prominente participación de Gutiérrez en el “levantamiento indígena” del 21 de enero de 2000 le costó cinco meses de prisión. Una vez fuera, fundó su partido, la Sociedad Patriótica 21 de Enero. Logia militar más que un instituto político, entre sus fundadores se cuentan unos 120 oficiales del ejército que participaron en la sublevación; seis de los ocho miembros de la directiva del PSP son tenientes o coroneles que luego fueron dados de baja. 

Durante los siguientes dos años, el discurso de Gutiérrez abundó en retórica nacionalista y populista. Expresó su admiración por su colega Chávez de Venezuela, notando la semejanza de sus carreras y pregonando una segunda independencia bolivariana. Asistió al primer Foro Social Mundial celebrado en Porto Alegre, Brasil. Como señaló el diario madrileño El País (5 de julio de 2001): “Ahí teniendo como compañeros nada menos que personajes de la talla del teólogo de la liberación Leonardo Boff, el escritor uruguayo Eduardo Galeano, o el director de Le Monde Diplomatique, Ignacio Ramonet, Gutiérrez advirtió que ‘los primeros mensajes contra el neoliberalismo y la globalización ya se dieron en Venezuela y Ecuador, donde los militares decidimos unirnos a la gente pobre y dijimos no, no estamos de acuerdo con este sistema’”.  La seudoizquierda nacionalista corrió a alabarlo. El comentarista mexicano José Steinsleger calificó la elección de Gutiérrez de “rebelión democrática” en el diario La Jornada (25 de noviembre de 2002) de México. 

En Ecuador mismo, los estalinistas empedernidos del ultra reformista Partido Comunista Marxista Leninista (PCMLE), anteriormente de línea “albanesa”,  declamaron después de la primera ronda “El pueblo derrotó a la oligarquía” (En Marcha, 24 de octubre). Luego de la segunda, proclamaron una “victoria del pueblo y la izquierda”, titulando eufórico su editorial “Se abre una nueva página en la historia del Ecuador” (En Marcha, 26 de diciembre de 2002). El MPD, frente de masas del PCMLE, junto con la Unión Nacional de Educadores (UNE) y las federaciones estudiantiles FEUE y FESE, todas bajo influencia o control de los reformistas “ML”, apoyaron activamente la campaña de Gutiérrez, aunque éste buscó mantener distancia de sus fans de izquierda. Así La Hora informó que durante una marcha en Guayaquil el 21 de octubre, unidades de seguridad del PSP detectaron a varios carros con “personas que lanzaban consignas revolucionarias a nombre del Movimiento Popular Democrático (MPD). Frente a estas artimañas, advirtió tajantemente que ‘eso no lo vamos a permitir’”.

En cambio, el PSP hizo una alianza formal con el Movimiento de Unidad Plurinacional Pachakutik Nuevo País (MUPP-NP), el brazo político de la Confederación de Naciones Indígenas del Ecuador (CONAIE). De hecho, la mayoría de los diputados elegidos del PSP lo fueron en listas comunes con Pachakutik. Leonidas Iza, actual líder de la CONAIE, calificó el 24 de noviembre como “un día histórico, un día de esperanza”. Miguel Lluco, coordinador nacional del MUPP-NP afirmó, “Con la victoria de Lucio, nosotros gobernaremos.” Agregó después: “No somos parte del Gobierno, somos el Gobierno” (Expreso [Guayaquil], 1° de enero). ¿Gobernar para qué? Pues, para puestos, como siempre. Pachakutik pidió su rebanada del pastel, reclamando varias carteras en el gabinete, de relaciones exteriores, agricultura, vivienda y bienestar social. En un comentario de repugnante racismo, el vocero del PSP y diputado de Guayas, Renán Borba, declaró que se ofrecería a la organización indígena los ministerios de ambiente y de turismo, porque “ellos serían los más indicados para ocuparse de estos temas” (El Universo [Guayaquil], 7 de diciembre de 2002). Al final, Pachakutik recibió relaciones exteriores, agricultura y turismo. 

Como anticipo de su gestión, la designada canciller, Nina Pacari, repitió las críticas del movimiento indígena contra la presencia militar norteamericana en la base aérea de Manta, pero pronto agregó: “no tendremos ninguna objeción a Washington siempre y cuando se respete el acuerdo militar firmado y lo allí estipulado” (El Espectador [Bogotá], 5 de enero). En eso los representantes del MUPP-NP siguen la pauta de Gutiérrez. Ya para la segunda vuelta el coronel había “moderado” considerablemente su mensaje. En su afán de apaciguar las inquietudes capitalistas, cambió el tono de su demagogia electoral. Vituperó contra la corrupción, pero suavizó la retórica seudo “antiimperialista”. No afirmó más que rechazaría al ALCA (Área de Libre Comercio de América), y dijo que respetará el tratado para la presencia de la fuerza aérea norteamericana en la base de Manta. El 21 de octubre se reunió con la embajadora estadounidense en Quito, Kristie Kenney, para recibir el visto bueno para sus propuestas de gobierno. Y tan pronto como pudo, viajó a los EE.UU. para reunirse con sus amos imperialistas: 

“El Sr. Gutiérrez buscó calmar a los inversionistas y analistas que ven en él a un segundo Chávez. Velozmente remplazó su uniforme color oliva por un traje y una corbata y visitó Miami, Washington y Nueva York, donde se reunió con representantes del FMI, analistas financieros y académicos.”
New York Times, 22 de octubre de 2002
Hoy el secretario del tesoro estadounidense John Snow, de visita veloz en Quito, dice que el gobierno de Gutiérrez ha comenzado de forma “prometedora”, alaba el acuerdo con el FMI, y ¡propone que Ecuador firme una “Cláusula de Acción Colectiva” que sería un “mecanismo infalible” para garantizar que pague la deuda exterior, aún en caso de que la dolarización de la economía ecuatoriana termine como la experiencia argentina en una quiebra total! Pero por los mismos motivos que el vocero del imperialismo norteamericano y de la banca internacional considera que la política económica de Gutiérrez auspicia un clima empresarial “más amistoso”, está causando una ruptura con los aliados indígenas del nuevo presidente. Poco después de que se decretaron las drásticas alzas en los energéticos, el Pachakutik declaró que si se persistió por ese rumbo “no podremos continuar en colaboración con un Gobierno que aspiraba sea diferente, de cambio, y no como los anteriores que apuntaban al neoliberalismo”. Le dieron plazo al gabinete a definirse hasta mediados de febrero.

En un cónclave en Guayaquil del MUPP-NP, algunos grupos indígenas tildaron a Gutiérrez de “traidor” y entreguista. La ministra de turismo declaró que “nos sentimos defraudados”. Organizaron una “Marcha de la Esperanza” para el 20 de febrero para presionar al gobierno a alterar su política económica. La respuesta de Gutiérrez fue contundente: “Una cosa es que yo sea un presidente tolerante pero otra que vaya a ser rehén del movimiento Pachacutik o de la CONAIE”, advirtió. Agregó, “si quieren dejar la alianza que lo hagan, no lo voy a impedir”. Puesta contra la pared, la CONAIE decidió mantener la alianza, aunque la Federación Nacional de Organizaciones Campesinas, Indígenas y Negras (Fenocin), el Frente Unitario de Trabajadores (FUT) y otros llamaron luego a una “marcha de la desesperanza”, haciéndoles competencia por la izquierda a estos políticos burgueses y pequeñoburgueses que dicen representar a los indígenas ecuatorianos. Ahora un congreso de Ecuarunari, la organización de los pueblos kichwas (indígenas de habla quechua), pidió la renuncia inmediata del ministro de economía y llamó a una “movilización general en rechazo a la política neoliberal de Lucio Gutiérrez, por su sometimiento a los intereses” de los EE.UU.

                                             Foto: Silvia Izquierdo/AP
Foto: Indígenas en Quito, 19.01.01
Mujeres indígenas protestan contra el gobierno de Mahuad y la 
“dolarización” de Ecuador, el 19 de enero de 1999. Derrotada 
la sublevación indígena, su sucesor impone el billete verde.

Enero de 2000: Frente popular contra los indígenas

Para entender el enfrentamiento que se aproxima, hay que volver atrás para examinar el acontecimiento que lanzó al nuevo presidente ecuatoriano en el escenario político. Durante el gobierno de Jamil Mahuad, el nivel de vida de los trabajadores cayó vertiginosamente. Ante la incapacidad del país para pagar la deuda exterior, el gobierno recurrió a la emisión de billetes a un ritmo desenfrenado. El sucre cayó de 4.500 al dólar al comienzo a mediados de 1998 a 25.000 al dólar en enero de 2000. Como respuesta hubo una serie de paros y movilizaciones en el año 1999 encabezados por los indígenas campesinos dirigidos por CONAIE, por un lado, y la izquierda urbana aglutinada en el Frente Popular que abarca la FUT, los maestros de la UNE, los estudiantes de la FEUE y la FESE, el MPD y PCMLE. Esto culminó en una sublevación el 21 de enero del 2000 cuando miles de indígenas tomaron las calles de la capital, Quito, y cercaron al Congreso. Sin embargo, Antonio Vargas, entonces máximo dirigente de la CONAIE, traicionó al movimiento, subordinándolo al ejército para formar la autodenominada Junta Cívico-Militar de Salvación Nacional: el triunvirato de Vargas, Gutiérrez y el ex presidente de la Corte Suprema, Carlos Solórzano. 

Como pronto se reveló, la parte “cívica” sólo sirvió de pantalla para los militares. Después de darse cuenta que no contó con el apoyo del mando militar, Gutiérrez dimitió y fue sustituido por el general Carlos Mendoza, que pocas horas después (luego de un telefonazo del Departamento de Estado) entregó las riendas del poder a Gustavo Noboa, el vicepresidente de Mahuad. Mendoza señaló que había que restaurar la “confianza” (de Wall Street), evitar el “aislamiento” (de Washington) y mantener “la estructura jerárquica que debe existir en la mejor institución del pais” (las FF.AA). En un posterior escrito autojustificador, Gutiérrez se vanagloria del “encuentro que el destino y la historia me tenían preparado” aquel “luminoso 21 de enero” y explica su salida abrupta porque “se tocó lo más sensible que todo ciudadano y soldado tenemos: la patria, la unidad de la institución armada, el espíritu de cuerpo militar” (“Breve síntesis de la revolución civil-militar”, Pretextos, mayo de 2002). Fue precisamente su apego a “la unidad de la institución armada” y al “espíritu de cuerpo militar” que explica la acción del “coronel rebelde” en ese entonces, y hoy. 

                                                   Foto: Santiago Andrade/AP
Foto: Gutiérrez y Vargas el 21.01.00
El triunvirato fugaz: Antonio Vargas de la CONAIE, el coronel 
Lucio Gutiérrez y el ex jefe del Tribunal Supremo al momento 
del golpe del 21 de enero de 2000. El depositar confianza en 
los militares burgueses resultó en la derrota para los indígenas.

Sin embargo, la derrota del levantamiento no fue solamente la culpa personal de Vargas y/o Gutiérrez. Estaba inscrita ya en sus inicios y el proyecto político, nacionalista-populista burgués, que animó a los principales actores de los acontecimientos: buscaron un cambio de personal y política, no el derrocamiento del sistema capitalista que produjo la severa crisis económica cuyos efectos padecen las masas ecuatorianas. Cuando el 9 de enero de 2000 Mahuad en apuros decretó la introducción del dólar norteamericano como moneda nacional, la respuesta de la CONAIE fue llamar a la formación de “un gobierno patriótico de unidad nacional” con la participación directa de las FF.AA. y diversos sectores sociales. El día 12 el movimiento indígena instaló en Quito un Parlamento Nacional de los Pueblos de Ecuador para preparar un “levantamiento pacífico”. El periodista Kintto Lucas señalaba: “Los dirigentes indígenas han mantenido en las últimas semanas reuniones con altos oficiales de las Fuerzas Armadas que estarían de acuerdo con su propuesta. Sin embargo, en la institución armada hay posiciones encontradas sobre el papel que debe jugar” (Kintto Lucas, La rebelión de los indios [Quito: Abya Yala, 2000]).

Al mismo tiempo, al principio del año grupos de izquierda, con el PCMLE y sus varios frentes de masas a la cabeza, conformaron un Frente Patriótico que  organizó un Congreso del Pueblo para el día 14 de enero que también llamó por un “gobierno patriótico de unidad nacional”. Es más, según un balance de los eventos escrito por Pablo Miranda del PCMLE, “buscábamos también agudizar las contradicciones interburguesas, nos propusimos contactar oficiales de las fuerzas armadas y la policía”, pero “desafortunadamente esto fue sólo un propósito”. Así hubo dos agrupaciones distintas, el Parlamento de los Pueblos y el Congreso del Pueblo, ¡que ostentaron los mismos lemas y ambas buscaron el apoyo de sectores militares! Miranda plantea que “la CONAIE entendió el levantamiento en función de ir al Gobierno en el marco del sistema capitalista” mientras los ML querían “abrir paso al poder popular”. Sin embargo, el “poder popular” tampoco aboliría el capitalismo. El vocero del PCMLE insiste:

“...tener claro que no estábamos ante una situación revolucionaria y que no se planteaban las cosas para el asalto del poder, que se trataba de una crisis de gran calibre que resquebrajaba el sistema pero que no lo derribaba.”
La afirmación objetivista de que “la crisis” no derribaba el sistema busca ofuscar el que estos reformistas estalinistas no buscaron derribarlo, que sólo buscaban “ampliar la unidad popular”.

La osadía y energía revolucionaria manifestada por los indígenas, trabajadores urbanos y estudiantes en los días de enero fue impresionante. Impedidos a viajar a la capital por retenes de carretera, llegaron a pie caminando sobre las vías del ferrocarril. Miles de manifestantes rodearon al Congreso e irrumpieron en su seno cuando los soldados y oficiales de segundo rango del ejército y la policía se rehusaron a cumplir la orden de abrir fuego sobre la muchedumbre. Fue una pesadilla para los politiqueros burgueses. “‘Imagine que tendríamos que hablar en kichwa’, dice algún despistado ex ministro” (citado en La rebelión de los indios). Pero en las negociaciones nocturnas el “levantamiento” fue desviado y luego desvanecido. El coronel Gutiérrez pasa el bastón al general Mendoza, quien acatando las órdenes de Washington cede al vicepresidente, Gustavo Noboa. Este banquero altivo (sin parentesco con Álvaro) confirmó la dolarización de la economía ecuatoriana y vituperó contra los indígenas con comentarios racistas (“no vamos a curar la república con brujerías ni con manifestaciones hostiles”, “la potencialidad de los indígenas no puede estar ni en el shamanismo ni en el alcohol”). 

La secuela fue un desastre para los trabajadores: se “estabilizó” el salario promedio en US$100 por mes en términos reales (ajustado por la inflación), entre los más bajos del mundo. Los magnates de la industria exportadora, en cambio, están cosechando ganancias fabulosas y la banca “se cura” a costo de los explotados. No obstante, los dirigentes reformistas e indígenas pretenden que esta derrota fuera en realidad un avance y hasta un “triunfo”. “El movmiento popular luego del levantamiento, a pesar del desenlace, quedó fortalecido”, escribe Miranda del PCMLE. “Los trabajadores y los pueblos del Ecuador protagonizaron una formidable hazaña, pretendieron ‘tomar el cielo por asalto’ y avanzaron significativamente en su propósito.” Lo mismo afirmó Vargas de la CONAIE, quien “aseguró que el levantamiento indígena no ha sido un fracaso porque se ha confirmado la fuerza organizativa y el poder de movilización”, según relata Kintto Lucas. “No volveremos a cometer los mismos errores de creer en traidores como los mandos militares”, agrega. Hoy Vargas es universalmente repudiado como traidor, pero sus sucesores Iza y Lluco sí cometieron el mismísimo “error”, deponiendo su confianza en el coronel Gutiérrez. 

“El triunfo de los pueblos del Ecuador fue usurpado, por ahora, por el imperialismo y las oligarquías ecuatorianas”, afirma Pablo Miranda. Convertir este fracaso en triunfo demuestra una ceguera que se debe a sus anteojeras estalinistas (y una buena dosis de autojustificación). Restringieron la lucha al marco capitalista, buscando desesperadamente alianzas con burgueses “progresistas” según la receta de Stalin,  y así prepararon la “usurpación”. Los trotskistas, en cambio, insistimos en la necesidad de una lucha sin cuartel contra la colaboración de clases. Aún antes de la efímera toma de poder por la Junta Cívico-Militar, la Liga por la IV Internacional advirtió en un volante: 

“La actual ola de protestas, igual que las de años anteriores, está dominada por la política populista burguesa y nacionalista de un ‘frente popular’ de colaboración de clases. Y esto, aun en caso del ‘triunfo’, implicaría más de los mismo, como sucedió en 1997 cuando el gobierno de Abdalá Bucaram fue derrocado por una huelga general que instaló otro régimen de hambre y represión.” 
–“Dolarización y militarización masiva: Ecuador se tambalea ante crisis capitalista”, 16 de enero de 2000
Contra el programa estalinista de una “revolución por etapas”, los trotskistas luchamos por la revolución permanente. Explicamos que en países de desarrollo capitalista tardío, la emancipación del yugo imperialista, la liberación de los indígenas y la resolución de las tareas “democráticas” más elementales “sólo pueden cumplirse mediante la toma del poder por el proletariado, apoyado por los campesinos pobres”. Así, como señala el mismo volante:
“En Ecuador, cada uno de los problemas fundamentales, desde la deuda externa y la inflación galopante hasta la represión militar y la opresión de la mujer, exige la expropiación revolucionaria de los capitalistas y terratenientes, junto con sus padrinos imperialistas. Este es el significado de la consigna del gobierno obrero y campesino.” 
Trotskismo vs. estalinismo 

Si en los años 70 y 80, algunos estalinistas latinoamericanos, entusiasmados por las experiencia de la Cuba de Castro y la China de Mao, optaron por alguna variante de la guerra de guerrillas, luego de la destrucción contrarrevolucionaria de la Unión Soviética los restantes PC (agreguen o no la sigla ML) regresaron a una postura más tímida. En los últimos años muchos han visto la salvación en la capa de oficiales militares nacionalistas como Chávez en Venezuela. El latinoamericanista alemán Heinz Dieterich Steffan se refiere a los “bolivarianos” castrenses, entre los que cuenta Lucio Gutiérrez, como la “cuarta vía al poder” (alternativa al guerrillerismo, el neoliberalismo y el “mercado con corazón” de la centroizquierda). Kintto Lucas en su libro La rebelión de los indios insiste que las FF.AA. ecuatorianas “tienen prestigio en la población debido a su posición nacionalista”, su “apoyo a los sectores sociales más desposeídos” y por “no haber participado en violaciones de los derechos humanos como en el Cono Sur americano”. Es un absurdo blanquear el imagen del ejército por un poco de “acción cívica”, aprendida de los manuales de contrainsurgencia del Pentágono, y si fue la policía la que se especializó en la tortura, eso no altera la naturaleza de esta columna vertebral del estado capitalista.

Detrás de la moda de acudir a los cuarteles en búsqueda de burgueses “progresistas” hay toda una historia en la región andina. Quizás el ejemplo más famoso es el apoyo del Partido Comunista Peruano al régimen populista del general Juan Velasco Alvarado a principios de los años 70. En Bolivia, el seudotrotskista Guillermo Lora imaginó una capa de oficiales militares “antiimperialistas” y ayudó a sacrificar a esa ilusión la resistencia de los heroicos mineros y obreros fabriles de La Paz al golpe de Hugo Banzer en 1971; Lora creía que el general Juan José Torres les daría armas, pero nunca llegaron. En Ecuador, el Partido Comunista pro Moscú apoyó a la junta militar encabezada por el vicealmirante Alfredo Poveda Burbano, que tomó las riendas del poder en enero de 1976. Más importante aún fue la participación del PCE en la junta presidida por el populista burgués derechista José María Velasco Ibarra, que gobernó el país entre mayo de 1944 y marzo de 1946, cuando expulsó a los izquierdistas de su gabinete. Durante ese lapso, el Partido Comunista amplió su influencia en el movimiento sindical y en otros sectores. Seguramente el PCMLE estaba pensando en esa experiencia al apoyar a Gutiérrez. Pero la presencia de Gustavo Becerra en el gabinete fue la recompensa por la traición el PCE a la revolución de 1944, cuando entregó el poder a Velasco Ibarra. 

En un segundo volante publicado luego de la sublevación indígena del 21 de enero de 2000, la LIVI señaló: “El papel del populismo militar es en todas partes subordinar las masas al estado burgués, encadenando y desarmándolas, con el resultado de afianzar el sojuzgamiento al imperialismo” (“Nuevo gobierno ecuatoriano: made in U.S.A.”, 27 de enero de 2000). En países donde la clase capitalista autóctona ha sido muy débil, a veces incumbe al ejército, como única institución nacional disciplinada, representar el interés del conjunto de la burguesía por encima de las riñas de clanes. Cuando se ven amenazados por un auge de la lucha de clases, los capitalistas pueden pedir la intervención de coroneles rebeldes para desviar la efervescencia social. Pero eso no hace de éstos más “progresistas”; al contrario, son más peligrosos por adoptar una fraseología demagógica nacionalista que puede esconder su sometimiento a los dictados del imperialismo. 

El auténtico marxismo es internacionalista hasta la médula: hace siglo y medio, Karl Marx y Friedrich Engels proclamaron en el Manifiesto Comunista que los proletarios no tienen patria. El lema de la Revolución Bolchevique de octubre de 1917 fue la lucha por la revolución socialista mundial. Pero con la degeneración burocrática de la Unión Soviética bajo Stalin y sus herederos, surgió una capa privilegiada en la URSS que abrazó el dogma nacionalista-conservador de construir el “socialismo en un solo país”. Siguiendo este programa ilusorio (el socialismo, una sociedad sin clases, sólo puede construirse internacionalmente, abarcando los países capitalistas más desarrollados), llegaron a apoyar una lista larga de nacionalistas con charreteras. El ejemplo clásico, fue Chiang Kai-shek en China. De 1925 a 1927, Stalin cantó loas a Chiang, hasta hacer del jefe del Kuomintang (el partido nacionalista chino) un miembro de honor de la presidencia de la Internacional Comunista. Pero en abril del 27, este general burgués llevó a cabo una masacre de los trabajadores e izquierdistas chinos, asesinando a decenas de miles de miembros del PC. Combatiendo la política suicida de Stalin, León Trotsky llamó insistentemente por la completa independencia política de los comunistas con respecto a todo partido o militar burgués

Es el historial nacionalista de Lucio Gutiérrez lo que ha sido su principal atractivo para los estalinistas ecuatorianos, y lo que llamó la atención también de los dirigentes del movimiento indígena. Gutiérrez participó en la reaccionaria guerra fronteriza de 1995 entre Ecuador y Perú. Recientemente reivindicó de nuevo esa guerra donde, según sostuvo, se estaba defendiendo la “soberanía” de Ecuador. En esta guerra entre dos países semicoloniales, los auténticos revolucionarios no tienen partido a tomar. Estuvimos a favor de la derrota de ambos bandos en este miserable conflicto entre las dos burguesías sobre territorio y recursos, como también lo fueron los comunistas en los años 30 frente a la guerra entre Paraguay y Bolivia. No así el PCMLE. En un artículo sobre los acuerdos que terminaron el conflicto bélico con Perú, los estalinistas ecuatorianos critican la “traidora firma de dichos acuerdos que entregaron 14.000 Km2 de nuestro país”. “A la oligarquía no le interesa la defensa de la soberanía nacional”, dicen (En Marcha N° 1089, 15 de marzo de 2001). Al defender la “soberanía” (o sea el dominio sobre el territorio) de un país burgués, estos seudorevolucionarios encadenan a los trabajadores a sus propios explotadores “nacionales”. Eso es tanto más funesto, siendo que los principales pueblos indígenas de Ecuador, notablemente los kichwas, están divididos por esas fronteras artificiales.
 

Foto: Dolores Ochoa/AP
Foto: Manifestación contra guerra de IrakJóvenes izquierdistas manifiestan en Quito contra la guerra imperialista contra Irak con bandera del PCMLE, 26 de marzo.

En lugar de dirigir la lucha contra el Perú, y por ende contra los trabajadores e indígenas peruanos, auténticos comunistas luchan con un programa internacionalista contra el imperialismo, en primer lugar el imperialismo yanqui, que apuntala a las burguesías de ambos países. En la actualidad, esta lucha debe enfocarse en movilizar la oposición proletaria contra la guerra de EE.UU. e Inglaterra contra Irak. Han habido manifestaciones en Quito en contra de la guerra, notablemente el 26 de marzo y el 10 de abril. Esta última manifestación fue brutalmente dispersada con gas lacrimógeno y golpizas por la policía de Gutiérrez al defender la embajada norteamericana. Sin embargo, en vísperas de la guerra, el órgano del PCMLE informa de una reunión del Frente Popular de Guayas que decidió “rechazar la guerra contra Irak” y, acto seguido, “Respaldar las posiciones patrióticas y democráticas de Lucio Gutiérrez” (En Marcha No. 1174, 21 de marzo). A lo máximo piden, muy respetuosamente, un pronunciamiento del presidente contra la guerra. El movmiento Ecuarunari, por su parte, pide al presidente el castigo de los represores de la manifestación del 10 de abril. Pero ambos silencian la realidad: es el gobierno que ellos ayudaron a instalar el que reprime a favor del imperialismo. 

Actualmente, el otro frente más inmediato del combate contra el imperialismo es la lucha contra la participación de Ecuador en el Plan Colombia, el programa de contrainsurgencia del ejército norteamericano contra los guerrilleros colombianos. La ministra de exteriores, Nina Pacari, pronuncia un discurso en Trujillo, Perú contra los peligros del “unilateralismo” y a favor del “multilateralismo” (para “evitar situaciones complicadas como la producida en Irak”) y niega que Ecuador esté involucrada en Colombia. Pero simultáneamente en Quito el presidente “Gutiérrez sostuvo que no sólo no le tememos al Plan Colombia, sino que estamos colaborando al máximo con éste”, enumerando 100 jeeps, 50 camiones y 18 helicópteros que las FF.AA. ecuatorianas han recibido de los EE.UU. para patrullar la frontera norte. Al mismo tiempo, la fuerza aérea norteamericana y varios servicios norteamericanos mantienen un FOL (puesto operativa de avanzada) en la base aérea de Manta, Ecuador, desde donde despachan aviones espías AWACS para vigilar toda la región sur colombiana. Pacari pretende que eso no tiene nada que ver con la guerra civil en Colombia, pero la realidad es bien distinta.

Debería haber una amplia movilización por la expulsión de los militares y servicios imperialistas norteamericanos de Manta, de todo el territorio de Ecuador y de toda la región. Es preciso también defender a los miles de colombianos que han buscado refugio en el norte ecuatoriano y que ahora están siendo hostigados por las policía y otras unidades uniformadas en Esmeraldas y otros lugares limítrofes con Colombia. Esto podría combinarse con la lucha de los trabajadores de la refinería de Esmeralda amenazados con el cierre debido a presiones de las petroleras privadas, y la lucha de indígenas contra la construcción del oleoducto de crudo pesado que amenaza su región. También debería juntarse con la lucha por la sindicalización de las bananeras en la costa, luchando contra Bonita Banana y los pulpos fruteros norteamericanos que quieren mantener a Ecuador como una “plataforma de producción a bajo costo” con salarios de hambre. Esa lucha se empalmaría con la de los maestros y otros trabajadores públicos que se ven amenazados por los recortes exigidos por el FMI. En todo esto, la base para una poderosa lucha de los oprimidos es un sólido programa clasista de oposición proletaria al gobierno burgués

Pero esto no lo pueden proporcionar las organizaciones de la izquierda ecuatoriana y el movimiento indígena porque fueron ellos mismos los que instalaron el gobierno de Lucio Gutiérrez. Este régimen no ha producido, todavía, un masacre de los indígenas, sindicalistas, estudiantes e izquierdistas. Pero alertamos que muy bien podría hacerlo mañana. 

Para preparar las masas trabajadoras para la lucha y aprender las verdaderas lecciones del levantamiento frustrado de enero de 2000, es imprescindible un partido obrero revolucionario, un partido leninista basado en el programa de la revolución permanente, y construido en la lucha por reforjar La IV Internacional de Trotsky. Tal partido actuaría como un tribuno del pueblo, el campeón de la causa de todos los oprimidos, en una lucha que se extiende más allá de las estrechas fronteras del Ecuador. Se debe unir con los combates explosivos de los trabajadores bolivianos, peruanos, colombianos y venezolanos en una federación andina de repúblicas obreras y unos Estados Unidos Socialistas de América Latina. Y se extenderá a los mismos centros imperialistas donde los 90.000 ecuatorianos que actualmente trabajan en España y los más de medio millón que viven y trabajan en los Estados Unidos, muchos de ellos en el centro financiero mundial de Nueva York, pueden jugar un papel clave. Esta es la lucha bolchevique que pregona la Liga por la IV Internacional. n


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