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septiembre de 2011  

¡Solidaridad internacionalista con los estudiantes chilenos!

Nueva Batalla de Chile
por la educación pública, gratuita y de calidad
¡Obreros al poder!
 

Manifestantes marchan por la Alameda en Santiago de Chile al segundo día del paro nacional, 25
de agosto.
(Foto: Víctor R. Calvano/AP)

16 de SEPTIEMBRE – En la jerga mediática, tras la Primavera Árabe ha llegado el Invierno Chileno. Se trata de la más grande y sostenida movilización que se haya dado en contra del régimen heredado de la dictadura pinochetista en dos décadas. A lo largo de cuatro meses, cientos de miles de estudiantes y trabajadores chilenos han tomado las calles luchando por una educación pública, gratuita y de calidad. Desde mediados de mayo, cientos de escuelas secundarias y las principales universidades del país han sido tomadas por sus estudiantes y trabajadores. En múltiples ocasiones, tanto el centro de Santiago como los de las principales ciudades han sido el escenario de enormes manifestaciones, con miles de arrestos y encarnizadas luchas callejeras contra la policía militarizada (carabineros). El 21 de agosto, un millón de personas se concentraron en apoyo a los estudiantes huelguistas; los días 24 y 25 hubo un paro nacional de 48 horas convocado por la Central Única de Trabajadores (CUT). Esta jornada se saldó con el asesinato de un joven de 16 años, acribillado por un carabinero. Además de la represión, el gobierno emplea el llamado a un tramposo “diálogo” con el fin de desviar la protesta, para lo cual han contado con la ayuda de los dirigentes reformistas del movimiento.

La lucha de los estudiantes goza de un amplio apoyo entre la población. Según una encuesta realizada a principios de septiembre, el 76 por ciento de los chilenos apoya las demandas de los estudiantes; al mismo tiempo, el presidente conservador, Sebastián Piñera, de la coalición de derechas Alianza por Chile, cuenta con tan sólo un 27 por ciento de aprobación. No sólo los trabajadores apoyan la lucha, sino también gran parte de la clase media, agobiada por los altos costos de la educación universitaria, incluso en las universidades “públicas”, cada vez más privatizadas, con aranceles (cuotas) que rivalizan con las de Estados Unidos. Sin embargo, a pesar de su abrumadora popularidad, la batalla dista mucho aún de ser ganada. La derecha cavernícola, por primera vez en el poder después del cese de Augusto Pinochet, defiende a ultranza el modelo educativo sujeto al mercado capitalista que auspició el dictador. La “oposición”, calificada de “centro-izquierda”, que se agrupa en la Concertación por la Democracia compuesta principalmente por la Democracia Cristiana (DC) y el Partido Socialista (PS), finge apoyar las demandas de los estudiantes, aunque durante las casi dos décadas que detentó el poder mantuvo ese sistema educativo libremercadista.

Pero incluso los principales líderes estudiantiles y magisteriales –en ambos casos afiliados al Partido Comunista de Chile (PCCh)– y de la CUT (Concertación), están dispuestos a “negociar” lo que ha sido el punto de partida de la lucha y debe ser la demanda no negociable: la gratuidad de la enseñanza pública, y su accesibilidad a todos. He aquí el nudo del conflicto, entre la concepción de la educación como un derecho democrático, y no un “bien de consumo” que haya de ser comprado (a precios de mercado) por “clientes” (los estudiantes y sus familias). Por mucho que  los reformistas critiquen el “lucro” en la educación –que ya es ilegal– no abogan ni de lejos por la abolición de la educación privada. En un marco más amplio, tanto los ex estalinistas del PCCh y los socialdemócratas del PS, como otros izquierdistas más radicales (castristas del MIR, “libertarios” y seudotrotskistas), abordan la cuestión desde un punto de vista puramente “democrático”. Plantean como meta una asamblea constituyente para redactar una nueva constitución, para reemplazar la “democracia vigilada” impuesta por la dictadura militar en 1980 (y sólo modificada mediante enmiendas en 1989 y 2005). De la necesaria revolución obrera, ni una palabra.

Con su óptica “democraticista”, la izquierda oportunista pasa por alto el hecho de que la batalla por la educación pública (aunque formalmente un derecho democrático) es, en el fondo, una lucha de clase. La campaña privatizadora es una ofensiva internacional del capital, encabezada por el Banco Mundial, la UNESCO y otras agencias imperialistas. Como constatamos con la transcendental huelga de diez meses de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en 1999-2000, el estado capitalista movilizará todo su poderío para imponer la mercantilización de la educación. Y sin embargo, a un costo de más de mil arrestos, se logró mantener la gratuidad de la enseñanza en la UNAM gracias a la masividad y determinación de la ocupación, y a la defensa obrero-estudiantil de la huelga con la participación de cientos de obreros electricistas y universitarios. Así, la movilización del poder de los trabajadores, lejos de ser apenas una muestra más de solidaridad con los estudiantes, es imprescindible para conquistar el derecho a la educación pública y gratuita para todos. Sólo se puede vencer en esta batalla si se la hace parte de una lucha cuya finalidad sea la toma de poder por parte la clase obrera, como abanderada de todos los oprimidos.

De la “Revolución Pingüina” al paro nacional

Desde el fin del gobierno militar –que duró casi 17 años, desde el golpe de estado del 11 de septiembre de 1973 hasta mayo de 1990– la educación ha sido un foco de la oposición a la herencia de la dictadura. Una de las consignas más coreadas en las marchas es: “Se va a caer, se va a caer, la educación pinochetista”. De hecho, la Ley Orgánica Constitucional de la Enseñanza (LOCE), fue el último de los decretos-amarres impuesto por lo militares, promulgado un día antes del fin del régimen castrense. Como reflejo de la ideología “neoliberal” del régimen, la LOCE redujo el papel del estado en la educación al de un regulador al delegar, en nombre de la “libertad de enseñanza”, la gestión de establecimientos educativos a corporaciones privadas. Con base en esa ley “constitucional” se prohibió  la participación de estudiantes y docentes en la toma de decisiones, y se “municipalizó” la educación básica y media (perjudicando a los pobladores de zonas pobres). Florecieron entonces las “academias” secundarias, institutos técnicos y seudo-universidades privadas con clases dictadas por “maestros taxi” y “profesores taxi” que enseñan en varias escuelas, contratados a sueldos bajos y sin ninguna estabilidad laboral. A pesar de las críticas de sectores de la Concertación, que gobernó Chile de 1990 hasta marzo del año pasado, la odiada LOCE pinochetista se mantuvo sin alteración hasta la rebelión de los estudiantes secundarios en 2006.

Conocida como la “Revolución Pingüina” (por el uniforme escolar de camisa blanca con corbata y pantalones o falda oscuros) y siguiendo los pasos de los movimientos estudiantiles de 1996-1997 y 1999-2000, fue la más grande protesta estudiantil de la historia de Chile ... hasta la que está en curso. En esa lucha se exigía la derogación de la LOCE, el fin de la municipalización de la enseñanza, un pase escolar gratuito para el transporte público y la gratuidad de la Prueba de Selección Unificada (PSU). Con una serie de movilizaciones que duraron de abril a junio de 2006, se puso en jaque al gobierno de la presidenta Michelle Bachelet (PS). Hubo una escalada de paros y tomas de escuelas, que se extendieron a más de 100 liceos, y dos paros nacionales en los que participaron hasta un millón de estudiantes, además de docentes y sectores sindicales. Sin embargo, el apoyo social a los secundarios quedó limitado, mientras el gobierno de la Concertación encabezada por una socialista mantuvo su línea dura. Criticó supuestos “actos vandálicos” realizados en los paros, mientras enviaba a los carabineros a reprimir con saña. Finalmente, concedió unas migajas a los huelguistas estudiantiles y luego rebautizó la LOCE pinochetista como Ley General de Educación.

El movimiento de 2011 es el legítimo heredero del “pingüinazo”. Se trata de una nueva generación todavía sujeta a un sistema educativo diseñado por los milicos y oligarcas que derrocaron al gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende y ahogaron a los trabajadores en un río de sangre. Hoy en día, la mayor parte de los estudiantes secundarios están matriculados en escuelas privadas (entre las que se incluyen las “subvencionadas”); además, el gasto público en la educación ha caído a 2,7 por ciento del producto interno bruto (la tasa más baja de la OCDE), mientras un estudiante universitario que obtiene su título en medicina típicamente habrá contraído una deuda de unos 50 mil dólares en préstamos educativos, en un país donde la mayoría de la población tiene un ingreso familiar mensual de unos 900 dólares mensuales, o menos. Aún con becas (inadecuadas) para los más pobres esto representa la exclusión del grueso de la clase obrera de la educación superior, y un fardo de endeudamiento insoportable para la clase media. Esto explica por qué las protestas estudiantiles han tenido tan gran apoyo no sólo entre los trabajadores sino también, y particularmente, en la pequeña burguesía, incluso en sectores acomodados.

La actual batalla por la educación pública comenzó a principios de abril, cuando estudiantes de la Universidad Central de Chile protestaron contra un proyecto que convertiría a la UCEN en una fuente de utilidades mediante un consorcio inmobiliario ligado al Partido Demócrata Cristiano (parte de la Concertación). Una marcha convocada por la Confederación de Estudiantes de Chile (CONFECh) para el 12 de mayo, movilizó a 100 mil estudiantes a escala nacional. Le siguieron otras marchas de decenas de miles de estudiantes el 26 de mayo y 1° de junio, la ocupación de 17 universidades y una ola de tomas de colegios secundarios que contabilizó más de 600 a finales del mes. Entonces, los estudiantes programaron dos movilizaciones consecutivas para el 15 y 16 de junio. La primera fue de colegios de la periferia sur de Santiago junto con los obreros subcontratistas de la mina El Teniente, de la estatal CODELCO (Corporación Nacional del Cobre), que estuvieron casi dos meses en huelga, y reunió unos 10 mil manifestantes. La segunda fue de todo el sector educativo –estudiantes y docentes del Colegio de Profesores– junto con otros trabajadores del sector público que llegó a 200 mil personas, la más grande protesta de esta “democracia” espuria. Y esto sólo fue el comienzo.

El 23 de junio marcharon unos 20 mil estudiantes secundarios mientras el ministro de educación –el ultraderechista Joaquín Lavín[1]– trataba de dividir al movimiento, buscando negociar por separado con estudiantes de la educación media, de universidades “públicas” y de las privadas, siendo rechazado al final por todos. El 30 de junio hubo otra movilización nacional, ahora con el apoyo (pero todavía no un paro) de la CUT, que totalizó más de 400 mil manifestantes del norte al sur del país. En respuesta, el presidente chileno Piñera anunció con bombo y platillo a principios de julio un Gran Acuerdo Nacional de la Educación (GANE) y la creación de un fondo de unos 4 mil millones de dólares para financiarla. Sin embargo, como magnate capitalista que es[2], resultó que la medida era una gran subvención a los bancos. Los 4 mil millones de dólares serían invertidos en el mercado, con lo que se espera obtener intereses por 250 millones de dólares que serán repartidos entre los bancos para facilitar unas cuantas becas más y una reducción de la tasa de interés en algunos préstamos. Poco después, ante el desgaste de Lavín, Piñera sustituyó a su ministro de educación.


Represión y resistencia: Carabineros atacan con carros lanzaguas a manifestantes, quienes responden pintando
los vehículos blindados policíacos, el 14 de julio. La prensa vitupera contra “desmanes de los jóvenes”.
(Fotos: AFP)

Dado que el GANE no satisfizo a los estudiantes, pues no respondía a ninguna de sus demandas, las manifestaciones prosiguieron y más de 100 mil personas salieron a la calle el 14 de julio. Entonces se intensificó la represión y se multiplicaron las provocaciones y los ataques policíacos: los pacos (carabineros) irrumpieron en el campus de la Universidad Central en Santiago, golpeando al punto de la inconciencia a un dirigente estudiantil, Recaredo Gálvez, en Concepción. Un reportaje televisivo y estudiantes señalaron a infiltrados en las marchas que lanzaban piedras. Cuando manifestantes en Valparaíso intentaron retener a uno de esos provocadores, se refugió en el edificio del Congreso Nacional, identificándose como oficial policíaco. Ya para el 4 de agosto, las autoridades prohibieron todas las  marchas, tanto de los estudiantes secundarios en la mañana, como de los universitarios en la tarde en Santiago, y otras en regiones (Valparaíso, Temuco, Concepción). No obstante, cientos de manifestantes resistieron los intentos de dispersión, con lo que se produjeron luchas callejeras de envergadura, lo que la gran prensa calificó de “desmanes” y “disturbios violentos”. En la noche hubo cacerolazos por doquier. Se informó de 874 detenidos.

En repudio a la violenta represión lanzada por las autoridades contra los jóvenes, los estudiantes secundarios de la CONES, universitarios de la CONFECh, la CUT y la Confederación de Trabajadores del Cobre llamaron nuevamente a una marcha para el 9 de agosto, en la que participaron unas 150 mil personas y donde hubo casi 400 detenciones. Le siguió otra marcha el 17 de agosto, con 100 mil participantes pese a una fuerte y fría lluvia, y para el día 21 un “Domingo familiar para la educación” en el Parque O’Higgins al que acudieron un millón de personas. Finalmente, el 24 y 25 de agosto hubo el paro nacional de 48 horas que terminó en grandes marchas en Santiago y otras ciudades en las que se reunió a unos 600 mil manifestantes. Durante estos días de movilización constante, el gobierno detuvo a casi 1.400 personas. Frente a esta represión feroz, hay que desencadenar la fuerza del movimiento obrero para exigir que se anulen todos los cargos en contra de los 3 mil estudiantes, jóvenes, trabajadores y padres de familia arrestados en las distintas protestas. A pesar de toda la propaganda en torno a “encapuchados”, diversas encuestas dieron una mayoría notable favorable al paro. Y no obstante las debilidades de la acción obrera (no se logró paralizar el transporte público, aunque hubo una pobre afluencia, y no pararon los trabajadores del cobre), el impacto de la primera gran huelga nacional desde la época de Pinochet fue innegable.

La necesidad de un programa revolucionario

Fue sólo entonces –y particularmente después del revuelo que causó la noticia del asesinato del joven de 16 años Manuel Gutiérrez Renoso en la noche del segundo día del paro, que luego de varias desmentidas por la policía resultó ser producto de un tiro en su pecho realizado por un carabinero, sin provocación alguna– que  el gobierno decidió proponer discusiones con los estudiantes en huelga. “Debilitado, Piñera llama a diálogo”, tituló el diario bonaerense Página/12 (27 de agosto). Aún así, el régimen siguió tratando a los estudiantes con desprecio. El ministro de salud, Jaime Mañalich, calificó de “mentirosos” a los estudiantes del liceo de Buin que emprendieron una huelga de hambre, acusó de “asesino” a un oficial de la escuela que los visitó diariamente, e increpó a los jóvenes de “cobardes” porque les faltaba “heroísmo” al deponer su huelga después de 37 días. Luego, en la primera reunión, que se celebró en el palacio de La Moneda el 3 de septiembre, el nuevo ministro de la educación, Felipe Bulnes, presentó una agenda que consistía en una serie de “mesas de discusión”, comenzando con el sistema de becas y créditos – o sea, el mismo GANE que nació muerto en julio.

No obstante la desfachatez del ministro Bulnes y del presidente Piñera al seguir presentando la misma “propuesta” rechazada por todos dos meses atrás, los dirigentes estudiantiles y del profesorado que participaron en la reunión la recibieron con comentarios diplomáticos positivos. Camila Vallejo, presidenta de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECh) y dirigente de la CONFECh, declaró que “se transparentaron posiciones”, mientras el presidente del Colegio de Profesores, Jaime Gajardo, manifestó que “se han sincerado las posiciones” (citados en un comunicado del Partido Comunista, 3 de septiembre). No es casual que Vallejo milite en las Juventudes Comunistas (JJ.CC.) y Gajardo sea un dirigente del PCCh. De hecho, los “comunistas” reformistas representan el ala derecha del movimiento. Así, el anterior titular de educación, Lavín, se quejo de que “Sectores que están más a la izquierda del Partido Comunista se tomaron la dirigencia estudiantil” y que los “grupos ultras ... no tienen intención de llegar a acuerdos” (La Tercera, 2 de julio). Lo cierto es que la línea “moderada” del PCCh ha sido impugnada por sectores más radicales.

Un aspecto notable de la lucha estudiantil chilena es que se ha convertido a su principal vocera en una estrella mediática. Hay cientos de artículos en la prensa nacional e internacional sobre el tema de “Camila Vallejo, la bella líder comunista de los estudiantes chilenos” (Notimex, 23 de agosto). En el mundo periodístico burgués se promueve sus palabras, su persona y su look por doquier. Hasta el vicepresidente boliviano, Álvaro García Linera, artífice de la política de “capitalismo andino” del gobierno de Evo Morales, declaró que “todos estamos enamorados de ella”. Es evidente que esta campaña busca crear una figura dirigente capaz de impedir una radicalización del movimiento. En aspectos, tanto tácticos como programáticos, el PC y “la Jota” han tratado de allanar la vía para un eventual acuerdo con el gobierno. Así, por ejemplo, luego de un accidente aéreo en el territorio de Juan Fernández en el que murió un popular presentador televisivo, Vallejo anunció que el duelo nacional “imposibilitó” llevar a cabo un paro programado para el 8 de septiembre. (Llamó la atención, que el asesinato de Manuel Gutiérrez no la “imposibilitó” acudir a La Moneda para sentarse con Piñera.) Ante la insatisfacción de “sectores críticos” en la CONFECh, Vallejo tuvo que dar marcha atrás. Se reportó luego que, “Fuentes de gobierno señalaron que ven con preocupación el debilitamiento del liderazgo de la dirigenta, de tendencia más moderada” (La Tercera, 7 de septiembre).


Contingentes de estudiantes secundarios en la marcha por la educación del 30 de junio. (Foto: EFE)

Es notoria la forma en que los dirigentes estudiantiles y del profesorado afiliados al PC se han prestado a las maniobras divisionistas del gobierno. Después de asegurar que la Asamblea Coordinadora de Estudiantes Secundarios, que agrupa escolares de la periferia, más plebeyos, estaría presente en todo “diálogo” con el ejecutivo, ante la negativa gubernamental de invitar a la ACES (supuestamente porque “tienen jerarquías que no están muy establecidas”, según el vocero de La Moneda) la CONFECh, la CONES y el Colegio de Profesores acudieron igual a la cita. La ACES convocó una marcha para el 2 de septiembre para “mostrar el descontento de los estudiantes en la calle ... que no están representados dentro de esta mesa de diálogo”. Anteriormente, el 31 de agosto, un grupo de unos 50 secundarios de una “Asamblea Popular Secretaría de Educación Rebelde” ocupó el despacho del ministro Bulnes, diciendo: “No nos sentimos para nada representados con la Confech” que “representa el reformismo no más; no estamos de acuerdo ni con la Concertación, ni con la Derecha, ni con el PC”. Desplegaron un letrero diciendo “De la sala de clases a la lucha de clases”, y su vocera afirmó que “estamos peleando por una vida digna para todos los pobladores, para todos nuestros padres que trabajan”.

No menos importante es la manera en que los dirigentes comunistas del movimiento han recortado las metas de la lucha para facilitar un entendimiento con sectores burgueses, no sólo del régimen sino también de la Concertación. Lienzos (mantas, banderas) de los estudiantes en las grandes marchas se pronuncian sin ambages “Por la educación gratuita.” Pero las demandas de la CONFECh sólo hablan de “tener como horizonte una educación estatal gratuita”. Más aún, los voceros del PCCh y de las JJ.CC. siempre enfatizan “no al lucro en la educación”. La diferencia no es semántica. Según la legislación actual (en la forma del Decreto con Fuerza de Ley N° 2 de 2010) las universidades privadas tienen que ser “corporaciones de derecho privado, sin fines de lucro para el efecto de tener reconocimiento oficial”. Piñera ya ha indicado que podría “investigar” si de hecho se está cumpliendo con esta prohibición. En realidad las autoridades universitarias y “sostenedores” de estas corporaciones han encontrado mil maneras de lucrar, entre sueldos estratosféricos, el alquiler de cuartos y muebles de empresas inmobiliarias, la provisión de préstamos a los estudiantes, etc.

En el fondo, los “moderados” del PCCh sólo piden algunas modificaciones en el sistema de educación privatizada instaurado por el gorila Pinochet en servicio de los momios de la alta burguesía chilena. De esta manera siguen la pauta de Stalin, quien aconsejó al gobierno del Frente Popular español en su carta a Largo Caballero de diciembre de 1936, que no asustara a la burguesía con demandas revolucionarias y buscara “atraer a la burguesía pequeña y mediana ... protegiéndolas contra las tentativas de confiscación”. En esto consistió el nefasto papel de los estalinistas chilenos durante el gobierno frentepopulista de Salvador Allende y la Unidad Popular en 1970-1973, cuando el PCCh insistió en establecer una alianza con la Democracia Cristiana mientras ésta (que nació como Falange Nacional), bajo la dirección de Eduardo Frei y Patricio Aylwin, estaba tramando el sangriento golpe de estado. Hoy en día, los estalinistas socialdemocratizados siguen repitiendo la consigna de la UP, “El pueblo unido jamás será vencido”, aun cuando la historia chilena probó que la falsa “unidad” con sectores burgueses en nombre del “pueblo” fue lo que produjo la derrota.

Dirigentes estudiantiles dejan La Moneda luego de plática con el presidente Piñera y sus ministros, el 3 de septiembre. Otros en el movimiento estudiantil criticaron la actuación de los principales voceros de la CONFECh, Camila Vallejo (centro) y Giorgio Jackson (a su derecha).

Una dirección revolucionaria, auténticamente comunista, lucharía no solamente por el fin del lucro en la educación sino por la expropiación de las universidades y escuelas privadas, por la educación pública, laica, gratuita y accesible a todos –con matrícula abierta y asistencia libre– bajo el control de consejos de estudiantes, docentes y trabajadores, como parte de la lucha por la revolución obrera. La huelga de la UNAM de 1999-2000 tuvo precisamente el propósito defender a la gratuidad de la educación universitaria pública contra la imposición de cuotas. Como arriba señalamos, la huelga logró esto, tras diez meses de ocupación y a pesar de más de mil arrestos y la toma de Ciudad Universitaria por la Policía Federal Preventiva, creada con el fin de reprimir a los estudiantes. El hecho de que se limite el acceso a la principal casa de estudios mexicana por medio de exámenes tiene como resultado que cada año haya decenas de miles de “rechazados” que no encuentran manera de continuar sus estudios. Es por ello que hoy en Chile, más allá de buscar “medios complementarios de acceso”, se debería luchar por la abolición de la PSU y de todo examen que limite el acceso a la educación superior.

La huelga de la UNAM ha sido un punto de referencia para los estudiantes chilenos. Cabe señalar que en la UNAM también, las autoridades intentaron utilizar la táctica dialoguera para aislar y acorralar a los estudiantes. A pesar de las acusaciones mediáticas de “intransigentes”, los estudiantes decidieron no transar en la lucha por la gratuidad de la educación universitaria.

Uno de los aspectos clave de esa huelga fue la participación directa de la clase obrera en su defensa. El Grupo Internacionalista había insistido en los comités de huelga en que los estudiantes no tienen por sí solos el peso social necesario para vencer al gobierno capitalista, y por ello insistió en la formación de guardias de defensa obrero-estudiantiles. Aunque inicialmente nuestra propuesta fue descartada como ilusoria, cuando se acercaba un ultimátum del gobierno y del rector para desalojar la Ciudad Universitaria mediante una intervención del ejército, se aprobó la propuesta en los comités de huelga de dos facultades. Desde el inicio, el Sindicato Mexicano de Electricistas había mostrado apoyo a la huelga, pero lo que hacía falta era movilizar su poder de clase. Con el mandato de las asambleas de huelguistas, militantes y simpatizantes del GI movilizaron a decenas de estudiantes hacia las instalaciones de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro para pedir directamente la ayuda de los electricistas.

El 15 de julio de 1999, justo en vísperas de que concluyera el ultimátum oficial, acudimos a la sede del sindicato de electricistas para reiterar oficialmente la petición de apoyo. Esa misma tarde, el SME envió a cientos de sindicalistas que día a día en ese momento crucial integraron guardias de defensa junto con estudiantes y trabajadores universitarios en media decena de recintos universitarios. Esta muestra de fuerza proletaria paró la mano represora del gobierno por algún tiempo y contribuyó al éxito (limitado pero de suma importancia) de mantener la gratuidad en la UNAM.[3]

¡Forjar un partido obrero trotskista en Chile!

El reformista vulgar razona así: primero luchamos por las reformas, más tarde (es decir, nunca) será la hora de luchar por la revolución. Es el viejo esquema menchevique-estalinista de la revolución “por etapas”, sólo que antes de que llegue la etapa superior, los supuestos o anhelados aliados “democráticos” de la primera etapa habrán conducido un baño de sangre masacrando a los revolucionarios. Considérese tan sólo la experiencia de la Unidad Popular en Chile. Los revolucionarios marxistas sabemos que la relación entre reforma y revolución es exactamente la inversa. Como escribió el joven dirigente comunista cubano Julio Antonio Mella en marzo de 1923, al lanzar el primer congreso nacional de estudiantes, “invitamos a los estudiantes cubanos a la revolución, para conseguir las reformas. Es el único medio. Los universitarios lo sabemos bien” (de la colección J.A. Mella, documentos y artículos [Instituto Cubano del Libro, 1975]. El rotundo fracaso de los intentos de reforma educativa bajo el capitalismo hace patente que para democratizar la educación, hay que luchar por la revolución socialista que la haría posible. O como Lenin lo subrayó una y otra vez, “las reformas son un producto accesorio de la lucha revolucionaria de las clases”. 

La “democracia” es el gran engaño y estafa de la burguesía. En esta época de su decadencia, cuando se elimina sistemáticamente las limitadas conquistas de tiempos anteriores, el capitalismo agonizante socava con cada vez mayor fuerza las promesas democráticas de su juventud. En Chile, la “ley maldita” que ilegalizó al Partido Comunista al comienzo de la Guerra Fría antisoviética se llamó la Ley de Defensa Permanente de la Democracia.[4] A los 17 años de dictadura militar pinochetista siguieron 20 años de “transición a la democracia” y todavía se mantiene la constitución más autoritaria de América. Como en los albores del capitalismo, las grandes conquistas democráticas son consecuencia de la lucha de clases. Y ésta requiere de la dirección de un partido obrero revolucionario. La experiencia del frente popular en Chile, así como la relación dialéctica entre reivindicaciones democráticas y la revolución obrera, subrayan que tal dirección sólo puede ser forjada sobre la base del trotskismo, el marxismo revolucionario de nuestra época.

Como escribió el gran revolucionario internacionalista León Trotsky en medio de la agitación estudiantil y obrera en España a principios de la década de los 30:

“Las manifestaciones activas de los estudiantes sólo son una tentativa de la joven generación de la burguesía, sobre todo de la pequeña burguesía, para dar una salida al equilibrio inestable en que el país se ha encontrado después de la pretendida liberación de la de la dictadura de Primo de Rivera, de la que se ha conservado íntegramente la herencia en sus elementos fundamentales. Cuando la burguesía renuncia consciente y obstinadamente a resolver los problemas que se derivan de la crisis de la sociedad burguesa, cuando el proletariado no está aún presto para asumir esta tarea, son los estudiantes los que ocupan el proscenio. En el desarrollo de la primera revolución rusa, hemos observado este fenómeno más de una vez; este fenómeno siempre ha tenido para nosotros una significación enorme y sistemática. Esta actividad revolucionaria o semirrevolucionaria, significa que la sociedad burguesa atraviesa una crisis profunda. La juventud pequeñoburguesa, sintiendo que una fuerza explosiva se acumula en las masas, tiende a encontrar a su manera la salida de ese atolladero y a impulsar más adelante el desarrollo político.

“La burguesía considera el movimiento de los estudiantes, mitad con aprobación, mitad con prevención; si la juventud da algunos empujones a la burocracia monárquica, no está mal del todo, con tal de que esos ‘chicos’ no vayan demasiado lejos y que no arrastren a las masas laboriosas.”

–L. D. Trotsky, “Las tareas de los comunistas en España” (25 de mayo de 1930)

¡Una descripción acabada del criterio contradictorio de la burguesía chilena con respecto a los “cabros” y “cabras” que luchan hoy por la educación pública gratuita! La postura de los trabajadores, subraya Trotsky, es bien diferente:

“Al apoyar el movimiento estudiantil, los obreros españoles han mostrado un positivo instinto revolucionario. Aunque claro está, deben actuar bajo su propia bandera y bajo la dirección de su propia organización proletaria....Este hecho de que los obreros se hayan manifestado con los estudiantes es el primer paso, claro está, todavía insuficiente y mal asegurado, en el camino de la lucha de la vanguardia proletaria por la hegemonía revolucionaria.

“Este camino supone, por parte de los comunistas, un lucha resuelta, audaz y enérgica, por las consignas democráticas.... Si la crisis revolucionaria se transforma en revolución, superará fatalmente los límites burgueses y, en caso de victoria, deberá entregar el poder al proletariado; pero el proletariado no puede dirigir la revolución en dicha época, es decir reunir alrededor suyo las más amplias masas de trabajadores y de oprimidos y convertirse en su guía, más que a condición de desarrollar actualmente, con sus reivindicaciones de clase y en relación con ellas, todas las reivindicaciones democráticas, íntegramente y hasta el fin.” 

Trotsky señaló en ese entonces que la lucha por las demandas democráticas no se contrapone a, sino que se integra en la lucha por la revolución socialista. Los trotskistas de la Liga por la IV Internacional (LIVI) sostenemos hoy en Chile, tal como hicimos en la huelga de la UNAM de 1999-2000, que la lucha por una educación pública gratuita de alta calidad para todos requiere la extensión de la huelga estudiantil a sectores clave de la clase obrera. No se puede vencer a los Piñera y Bulnes, y a los privatizadores de la educación de la derecha e “izquierda”, con marchas estudiantiles y tomas de escuelas, por muy masivas y combativas que sean. La LIVI insiste en que este derecho democrático sólo se conquistará rompiendo el poder de la burguesía con una lucha revolucionaria que apunte hacia el establecimiento de un gobierno obrero que inicie la revolución socialista internacional. Transar en las demandas elementales del movimiento, como hacen los dirigentes ligados al PCCh y la Concertación, es preparar una derrota terrible después de meses de dura lucha.

Para dirigir esta lucha es urgente forjar el núcleo de un partido obrero revolucionario sobre la base del programa leninista-trotskista. Como escribió Trotsky en su folleto, La Revolución Española y las tareas de los comunistas (enero de 1931):

“Cuanto más valerosa, decidida e implacablemente luche la vanguardia proletaria por las consignas democráticas, más pronto se apoderará de las masas y privará de base a los republicanos burgueses y a los socialistas reformistas, de un modo más seguro los mejores elementos vendrán a nuestro lado y más rápidamente la república democrática se identificará en la conciencia de las masas con la república obrera.”

Su conclusión, tan válida hoy como hace ochenta años: “Para llevar a cabo eficazmente todas estas tareas son necesarias tres condiciones: el partido, el partido y el partido.”

[1] Joaquín Lavín, hijo de un latifundista, estudió economía en la Universidad de Chicago, con lo que se convirtió en uno de los originales “Chicago Boys”, una mafia de economistas derechistas que implantaron las doctrinas libremercadistas de su maestro Milton Friedman en la dictadura de Augusto Pinochet.  Lavín también es un supernumerario del Opus Dei, orden religiosa estrechamente ligada con la dictadura del Gral. Francisco Franco en España. Su esposa es hija de un prominente dirigente de la organización fascista terrorista chilena Patria y Libertad

[2] Con una fortuna personal estimada en 2 mil 400 millones de dólares (según la revista Forbes es el cuarto hombre más rico del país), Piñera fue durante varios años presidente del banco Citicorp de Chile y dueño de las mayores emisoras de tarjetas de crédito, tras lo que pasó a ser presidente y principal accionista de la empresa aeronáutica LAN. El hermano mayor del presidente Piñera, como ministro en los primeros gabinetes del dictador Pinochet, fue artífice de las leyes antisindicales de la dictadura y de la privatización de los fondos de pensiones, pieza clave del “neoliberalismo” que fue realizado por primera vez en Chile.

[3] Ver nuestro folleto, La huelga de la UNAM y la lucha por la revolución obrera (El Internacionalista, marzo de 2000), para un análisis detallado del curso de la huelga. 

[4] Para confinar a los prisioneros comunistas, se creó en 1948 un campo de concentración en Pisagua, bajo el mando de un joven oficial del ejército, Augusto Pinochet Ugarte, quien tuvo ahí un altercado con un joven senador, Salvador Allende, quien habló en el Congreso contra la ley. Un cuarto de siglo después, luego del golpe militar encabezado por Pinochet que derrocó el gobierno de Allende en 1973, se erigió otra vez un campo de concentración para comunistas en Pisagua.


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