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mayo de 2001
¡Por
una república obrera árabe/hebrea
(primera parte)
El siguiente artículo publicado en El Internacionalista/Edición México No. 1 (mayo de 2001) fue traducido de The Internationalist No. 9 (enero-febrero de 2001). Día a día durante los últimos meses, miles de jóvenes palestinos se han dirigido a las barricadas y retenes que rodean sus ciudades y pueblos en Cisjordania y la Franja de Gaza para confrontar a las fuerzas sionistas que los mantienen virtualmente encarcelados. Lanzando piedras con resorteras, enfrentan valientemente el fuego de los francotiradores del ejército israelí, que asesinan a sangre fría, y de los fanáticos colonos sionistas. Tanques contra niños, rifles de alto poder contra piedras, helicópteros artillados israelíes ametrallando casas y automóviles palestinos: ésta es la sangrienta realidad que los medios de comunicación imperialistas califican, con supuesta imparcialidad, de “conflicto”. Hasta la fecha, alrededor de 350 árabes palestinos han sido asesinados, y más de 12,000 han resultado heridos en esta carnicería unilateral. La valentía de los jóvenes árabes al lanzar una
nueva intifada (levantamiento) es el coraje que nace de la desesperación
de quienes no tienen nada que perder. Es el valor de los judíos
del ghetto de Varsovia que, a pesar de la insuperable desproporción
militar, se levantaron contra Wehrmacht (ejército) y los SS nazis
de Hitler en 1943. Hoy, sin embargo, es el autoproclamado “estado judío”,
que nació como resultado del genocidio del Holocausto, el que está
realizando “castigos colectivos” por rebelión, el que envía
Sonderkommandos
a acribillar a la “población enemiga” con impunidad.
Aunque Sharon insistió que como judío tenía el derecho de visitar el sitio sagrado, en realidad fue acompañado por toda la dirección del partido Likud, así como por 1,000 policías y soldados israelíes, junto con otros 2,000 policías y militares apostados en toda la Ciudad Vieja para aplastar las protestas palestinas que se esperaban.
Este asunto, supuestamente privado, fue aprobado con antelación por el entonces primer ministro Ehud Barak, así como por altos generales del ejército y oficiales de la policía secreta de Israel. El gobierno tenía un propósito específico al aprobar la provocación de Sharon: durante las conversaciones de Campo David celebradas en julio de 2000 con Bill Clinton y el dirigente palestino Yasir Arafat, el presidente norteamericano presentó en representación de Barak, un plan de “paz” que eliminaría la soberanía palestina sobre este sitio religioso, lo mismo que sobre el resto de Jerusalén Oriental. Dado que Arafat se mostró reacio a aceptar este diktat, se dieron por terminadas las pláticas y Clinton censuró a los palestinos por no tener deseos de “llegar a un arreglo mutuo”. El propósito del paseo armado de Sharon fue subrayar la insistencia sionista de que Jerusalén es la capital “indivisible y eterna” de Israel y el rechazo de éste a replegarse a sus fronteras de 1967. Al enfocarse en la mezquita de Jerusalén, la provocación de Sharon pretendió tal vez desencadenar una guerra religiosa, y en algunos círculos palestinos se llama a la revuelta la Intifada de Al Aqsa. Sin embargo, los fundamentalistas islámicos han jugado sólo un papel marginal en los enfrentamientos, que han sido dirigidos por grupos juveniles y milicias asociados con Fatah, la organización nacionalista laica de Arafat. Además, en contra de lo que afirman los sionistas en el sentido de que el rais (dirigente) palestino puede apagar o encender la combatividad según lo desee, los iracundos militantes jóvenes denunciaron a sus propios dirigentes, corruptos e impotentes, por capitular ante Clinton y Barak. En el fondo, el actual alzamiento es la continuación de la primera intifada, que comenzó a finales de 1988 y duró hasta que se iniciaron las pláticas de “paz” entre Israel y Palestina celebradas en Oslo, Noruega a principios de los años 90. Tras romperse el “proceso de paz” la lucha se ha reanudado. El primer levantamiento convenció a los altos generales israelíes, así como a los políticos del Partido “Laborista”, de que la ocupación de los territorios se estaba volviendo demasiado costosa y que era preciso entregar las labores de vigilancia policíaca en Cisjordania y Gaza a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP). Las pláticas que llevaron en 1994 al apretón de manos entre Yitzhak Rabin y Arafat en el Jardín de Rosas de la Casa Blanca, fueron motivadas por la intención de los sionistas de conseguir seguridad para Israel bajo la consigna de “tierra a cambio de paz”. Se conformó la Autoridad Palestina (AP), completamente dependiente de Israel, Estados Unidos y Europa en cuanto a financiamiento. La AP se dividió en dos sectores distintos (Cisjordania y Gaza) separados por territorio israelí, y recibió el control completo de no más del 9 por ciento de los Territorios Ocupados. Esta “autoridad” no podía hacer nada para mejorar la vida de los palestinos y tenía una sola función: bajo la supervisión de la CIA, montó un extenso aparato policíaco (siete diferentes policías secretas) encargado de encarcelar fundamentalistas musulmanes para detener la ola de atentados terroristas. Pero es exactamente una ola de atentados terroristas lo que los sionistas
han perpetrado en Gaza, Ramallah, Nablus, Jenin y otras ciudades palestinas
a lo largo de los últimos meses, en una escala mucho mayor que la
de los ocasionales coches bomba del grupo Jihad Islámico en Tel
Aviv. Además, la población entera de Hebrón ha sido
acordonada herméticamente durante meses, con miles de personas encerradas
en sus casas en virtud de un interminable toque de queda de 24 horas, mientras
los colonos sionistas merodean sembrando el terror. Mientras el ejército
israelí perpetra asesinatos en masa sin ningún miramiento,
unas cuantas decenas de soldados y colonos han resultado muertos como respuesta.
Además, varios civiles judíos han sido ejecutados por fundamentalistas
islámicos, que consideran a cada judío como blanco legítimo,
y por jóvenes rabiosos por la monstruosa masacre sionista. Los dirigentes
israelíes han utilizado esto para sembrar un clima de “inseguridad”
que ha desembocado en la aplastante victoria electoral del carnicero Ariel
Sharon como primer ministro. El ex general Sharon es un asesino de masas
responsable de la matanza en 1982 de más de 2,000 palestinos en
los campos de refugiados de Sabra y Shatila en Beirut.
Los sionistas dizque liberales apoyaron a Barak durante las elecciones y culparon a la revuelta palestina por haber “hecho fracasar la política de paz de Barak” (New York Times, 7 de febrero). Ahora exigen que Sharon cumpla sus promesas sobre un gobierno de “unidad” y lo instan a “continuar por el camino de la reconciliación con los palestinos asentado por sus predecesores” (editorial de Ha’aretz, 7 de febrero). Pero aunque la campaña electoral se Sharon tenía como lema cínico la consigna de “paz y seguridad”, lo que él entiende por paz es otra cosa. En 1982 Sharon orquestó la invasión de Líbano bajo el nombre clave “Paz para Galilea”. En 1971, llevó a cabo una campaña denominada “Pacificación de Gaza”, que implicó la demolición de miles de hogares palestinos en la franja de Gaza y la deportación de miles al desierto del Negev. El inequívoco significado de las pasadas elecciones es que Israel se prepara para una guerra a gran escala contra la población palestina o, como Ha’aretz dice delicadamente, “una amplia confrontación armada”. Del lado de Israel todo ha sido largamente preparado. Desde el verano pasado, el ejército israelí no ha hecho nada más que poner en práctica planes que fueron diseñados hace más de un año para, supuestamente, responder a una “declaración de independencia” por parte de Arafat. Se ha notificado a los reservistas del ejército que pueden ser llamados en cualquier momento. La “línea verde” (la línea fronteriza anterior a 1967) ha sido fortificada con barreras de concreto y cercas de alambre, y extendida varios kilómetros en Cisjordania. No falta mucho para que Sharon comience a lanzar ultimátums. Si ordena una “separación” unilateral anexando los asentamientos a Israel, estará simplemente llevando a cabo la política que Barak, el octubre pasado, amenazó con imponer como respuesta a la nueva intifada. “Enfrentamos una guerra de verdad” ha dicho, según reportes, el jefe del Consejo de Colonos. “Un dirigente del Likud que está propuesto para ser ministro, me dijo esta mañana: ‘Hasta ahora ha sido un juego de niños. Ahora se trata de un enfrentamiento de a de veras’” (New York Times, 8 de febrero). En esta guerra anunciada, como en la actual confrontación sangrienta, los marxistas deben defender al pueblo palestino y mantenerse firmemente del lado de su revuelta y resistencia contra las fuerzas de ocupación israelíes, incluyendo a los colonos sionistas. Los obreros con conciencia de clase en todo el mundo deben exigir que Israel salga de los Territorios Ocupados, incluyendo Jerusalén Oriental y los Altos del Golán. Defendemos el derecho de los palestinos a formar un estado independiente y exigimos plenos derechos democráticos para la población árabe de Israel, así como el derecho de los refugiados palestinos de regresar a las tierras de las que fueron expulsados en 1948 y 1967. Al mismo tiempo, señalamos que un seudoestado que se limitara a la yerma Franja de Gaza y la pedregosa Cisjordania sólo podría ser un ghetto glorificado para la población palestina. Además, como comunistas internacionalistas, defendemos también el derecho a la autodeterminación de la población de habla hebrea, un derecho democrático que se contrapone al inherentemente antidemocrático “estado judío” de Israel. Frente a estos derechos nacionales en competencia en el mismo territorio, la liberación de los trabajadores de ambas naciones sólo podrá ser realizada mediante una revolución obrera árabe/hebrea y una federación socialista del Medio Oriente. Asesinos sionistas matan a Rami al-Durrah
Un camarógrafo
filmó el asesinato de Muhammad (Rami) al-Durrah a manos de soldados
El embuste del “Proceso de Paz” de Oslo Desde el principio, las negociaciones de “paz” – iniciadas por los gobernantes sionistas y orquestadas por EE.UU. – han tenido como propósito mantener a los árabes palestinos bajo el dominio continuo de Israel, dividiéndolos en enclaves aislados, separados por autopistas militares, y dejándolos sin medios de autodefensa contra el coloso militar sionista. En Cisjordania y Gaza, las condiciones han empeorado cada vez más. El ejército israelí se ha retirado de los alrededores de los pueblos y ciudades para no tener que enfrentar choques diarios en las tumultuosas calles. No obstante, el cerco militar se mantiene tan firme como antes. El número de colonos sionistas se ha incrementado en casi 50 por ciento. Cada vez que el gobierno israelí se encuentra a disgusto, cierra la Línea Verde, para impedir que los trabajadores árabes viajen a sus lugares de trabajo en Israel. La asfixia económica ha provocado una drástica caída en los ingresos, de modo que una familia palestina promedio gana ahora menos de la mitad de lo que ganaba en 1994. Encima de todo esto, debido a que el presidente de la Autoridad Palestina firmó acuerdos para el “redespliegue” de tropas israelíes, la ONU ya no considera a Cisjordania y la Franja de Gaza como territorios ocupados. ¡Arafat se convirtió en el carcelero en jefe y legalizó la ocupación! La cobertura en los medios sionistas e imperialistas está empapada de racismo. Vociferan contra la juventud palestina por rehusarse a reconciliarse con sus opresores. Se condena a los padres de familia palestinos por supuestamente enviar a sus hijos para que sean asesinados. Esto hace eco del viejo refrán colonialista británico y estadounidense de que para los asiáticos la “vida no vale nada”. Pero ¿quién perpetra las matanzas? El gobierno israelí argumenta que “las piedras matan” y entonces envía francotiradores para asesinar niños. Un equipo de Médicos por los Derechos Humanos (MDH) enviado a Israel, Gaza y Cisjordania a finales de octubre del año pasado, encontró que cerca del 50 por ciento de las heridas de bala mortales estaban en la cabeza, lo que “sugiere que, dadas las amplias reglas de combate, los soldados apuntan específicamente a la cabeza de las personas”. Más de la mitad de las bajas en Gaza fueron resultado de armas de alta velocidad (rifles de francotirador), y cerca del 40 por ciento de los asesinados tenían menos de 18 años. Las ambulancias palestinas fueron blanco deliberado de los soldados israelíes y 17 fueron destruidas en 64 ataques distintos. Las “balas de goma” usadas contra los palestinos están hechas, en realidad, de acero y tienen una delgada cubierta de goma o plástico siendo, por lo tanto, letales. Ahora la prensa intenta presentar al nuevo primer ministro israelí como hombre de paz. Cada vez que mencionan las masacres de Sabra y Shatila, los reportes periodísticos añaden que una “investigación oficial” encontró que el general Sharon sólo fue “indirectamente” responsable de las matanzas. El informe, hecho por una comisión de investigación israelí, no fue más que un intento de encubrir la verdad. Los dos campos de refugiados en Beirut fueron rodeados por el ejército israelí. Las tropas de Sharon permitieron que las fuerzas de la fascistoide Falange cristiana entraran a los campos. Un informe de la Sociedad Palestina para la Protección de los Derechos Humanos (7 de febrero) señala: “Reflectores israelíes iluminaban los campos, mientras que personal del ejército israelí observaba con binoculares a los escuadrones de la muerte avanzando sin obstáculos por los campos. Familias enteras fueron asesinadas, muchas personas fueron violadas y torturadas antes de ser asesinadas. Fueron tantos los cadáveres amontonados en camiones para ser sacados del lugar, o enterrados en tumbas masivas, que la cantidad exacta de muertos nunca será conocida. Con todo, fuentes palestinas calculan que al menos 2,000 personas fueron asesinadas.”Pero esta no fue la única masacre organizada por Sharon. En 1953 fundó y dirigió la tristemente célebre Unidad 101, que atacó la aldea de Qibya en Jordania. Bajo su mando, los soldados avanzaron por el pueblo volando casas, lanzando granadas de mano y disparando contra puertas y ventanas, asesinando a 69 civiles, de los cuales la mayoría eran mujeres y niños. Después de la guerra de 1967, Sharon expulsó de sus hogares a 160,000 residentes de Jerusalén Oriental, derribando casas, haciendo estallar campos de refugiados, encarcelando a cientos de jóvenes. Con todo, Sharon está lejos de ser el único criminal de guerra en la dirección del estado sionista. Su antecesor, el ex general Ehud Barak, dirigió comandos asesinos bajo las órdenes de Sharon. Shimon Peres, supuesto paladín de la “paz”, fue el primer ministro que ordenó en 1982 la invasión israelí de Líbano comandada por Sharon, que culminó con el asesinato de más de 20,000 libaneses y refugiados palestinos. El supuesto “primer ministro de la paz”, el ex general Yitzhak Rabin, perpetró las masacres de Lidda y Ramleh en la guerra de 1948 bajo las órdenes del dirigente fundador de Israel, David Ben Gurion. Ben Gurion, Rabin, Peres y Barak eran dirigentes del mal llamado Partido “Laborista” israelí, que de hecho es un partido burgués, precisamente el que fundó el estado sionista y lo dirigió durante las primeras tres décadas de su existencia. Sharon gobernará como dirigente del derechista Partido Likud, cuyo fundador, Menachem Begin, fue responsable de la masacre de Deir Yassin en 1948 en la que se asesinó a más de 250 palestinos desarmados. Dicho baño de sangre fue llevado a cabo como parte de un ataque que fue autorizado por la dirección sionista “laborista” del Haganah, predecesor del ejército israelí, y formó parte del “Plan Dalet”, que tenía como propósito echar de Palestina a la población árabe. Las diferencias entre los “laboristas” y el Likud son virtualmente imperceptibles para los palestinos, tanto en lo que toca a la cantidad de árabes asesinados a órdenes de los dirigentes de ambos partidos, como en cuanto a su política en los territorios ocupados. En participaciones previas en el gabinete israelí, primero como ministro de Agricultura y luego como ministro de Vivienda, Sharon dirigió el establecimiento de asentamientos sionistas en Cisjordania y Gaza. Sin embargo, dichos asentamientos fueron autorizados en primer término por los “laboristas” y han seguido estableciéndose a ritmo acelerado bajo Barak, siendo hoy en día 400,000 los colonos establecidos en Cisjordania y la Franja de Gaza (cerca de la mitad de los cuales se encuentran en áreas anexadas al “Gran Jerusalén”). Sharon ha afirmado que no devolverá Jerusalén Oriental ni el valle del Río Jordán ni los asentamientos a un estado palestino. Asimismo, Barak se jactó de que no entregó ni un centímetro de tierra a los palestinos y de que el “80 por ciento” de los asentamientos se anexarían a Israel. Así, aunque reportes “filtrados” a la prensa aseguraban que Barak tenía el propósito de entregar el “95 por ciento” de Cisjordania a la Autoridad Palestina, este cálculo falseado se basaba en una serie de subterfugios, entre ellos sustraer las áreas anexadas al “Gran Jerusalén”. No cabe duda de que el nuevo primer ministro de Israel es un sanguinario criminal de guerra. En respuesta, varios grupos humanitarios y organizaciones “pacifistas” en Israel están circulando una petición para que los tribunales internacionales arresten a Sharon por violar las convenciones de Ginebra sobre la guerra. ¡Qué absurdo! Al hacer esto, apelan a las fuerzas imperialistas que en 1999 llevaron a cabo el bombardeo terrorista de Yugoslavia en nombre de los “derechos humanos”, a los que en 1991 perpetraron la Carnicería del Desierto en la Guerra del Golfo Pérsico – cuyo embargo económico autorizado por la ONU ha matado desde entonces a un millón y medio de niños iraquíes – y que durante décadas han apoyado a Israel. Por supuesto, no es menos absurdo apelar a la ONU, a la Unión Europea o a los Estados Unidos para instaurar un estado palestino. No obstante, ésta ha sido la política de Arafat y de la OLP desde los comienzos de una lucha organizada por la independencia palestina. La historia muestra que, lejos de que Sharon sea una excepción, ser un criminal de guerra es un requisito laboral para dirigir Israel. Esto sólo subraya el hecho de que para derribarlos lo que se requiere es una revolución que destruya el estado racista que encabezan. Pero esta revolución no puede ser llevada a cabo simplemente por valientes jóvenes que arrojen piedras contra los tanques. Sus acciones pueden hacer más evidente la tremenda desproporción entre el poder de Israel y el de la población palestina, aún predominantemente desarmada, pero después de unas cuantas semanas o meses, los medios dejan de presentar las imágenes y la matanza continúa inadvertida. Lo que se necesita es una lucha victoriosa por el poder, y los palestinos no pueden librar este combate solos. Como han demostrado repetidamente desde 1948, los regímenes burgueses árabes no están del lado de las masas palestinas. En acuerdo tácito (o abierto, como en el caso del rey Abdullah de Jordania) con los sionistas, se repartieron los remanentes del Mandato Palestino, tomando bajo su poder los territorios que Israel no podía conquistar. En 1970 Jordania suprimió brutalmente el levantamiento de Septiembre Negro realizado en los campos de refugiados palestinos contra la monarquía hashemita, levantamiento que Arafat mismo se rehusó a apoyar dado que se dirigía contra otro líder árabe. Sucesivos regímenes libaneses, tanto cristianos como musulmanes, han puesto bajo sitio los campos palestinos, condenando a sus habitantes a una existencia miserable. Gaza bajo el dominio egipcio era una prisión para sus habitantes tanto como lo ha sido bajo Israel. Una paz genuina en la tierra de Palestina requerirá una guerra civil en Israel y en los países árabes circundantes. La fortaleza israelí debe ser tomada desde dentro y desde fuera. Esta tarea sólo puede ser realizada mediante una movilización revolucionaria de la clase obrera que trascienda las divisiones nacionales. Existen numerosas fisuras. La presión de la primera intifada tuvo un efecto mortal en la unidad sionista dentro de Israel. Rabinos ortodoxos derechistas declararon “traidor” a Rabin por iniciar las pláticas de “paz” de Oslo, y un fanático sionista involucrado en círculos fascistoides impuso la sentencia implícita al asesinar al primer ministro “laborista”. La nueva ronda de enfrentamientos ha acrecentado nuevamente las tensiones en Israel, de manera que un conocido derechista, Nadav Shragai, escribió en la víspera de las elecciones que era necesario “volver a legitimar la empresa sionista” porque un sentimiento de “impotencia” ha “generado un estado de ánimo de desesperación y el sentimiento de que Israel ha llegado al final del camino”, siendo por ello necesario “restaurar el sentimiento que prevaleció en Israel en otro tiempo: la creencia de que los cimientos del estado judío en la patria ancestral del pueblo judío son justos” (Ha’aretz, 30 de enero). Un prominente escritor judío de origen ruso, Israel Shamir, replicó de la siguiente manera a Uri Avnery, gurú del “Bloque por la Paz” (Gush Shalom) de los sionistas de izquierda, y por mucho tiempo defensor de la política de formar “dos estados”: “Enfrente la dura realidad: la idea de dos estados en Palestina es, y siempre ha sido, un engaño. Después de estar dividida durante tan sólo 19 años, Palestina ha estado unida durante 33 años....Los nacionalistas palestinos ven a Israel como un monolito sionista. Esta opinión, sin duda, se verá reforzada por la abrumadora victoria de Sharon en las recientes elecciones. Pero además del viraje hacia la derecha en las elecciones, hubo un importante incremento en el abstencionismo entre los árabes israelíes y muchos judíos que sentían asco de votar por Barak. Existen numerosas líneas de división dentro del estado sionista: una mayoría secular, una minoría ultraortodoxa, judíos azquenazíes (europeos) y mizrahí (orientales), árabes, inmigrantes rusos, drusos y una creciente población de trabajadores inmigrantes (filipinos, rumanos), algunos “legales”, otros “ilegales”. En ausencia de un partido revolucionario que luche por la unidad proletaria más allá de las líneas comunales, estas fuerzas contradictorias se polarizarán hacia la derecha. Sin embargo, una polarización clasista es posible, incluso en Israel, pero sólo a través de una dura lucha política por el comunismo y en contra de la dominación sionista, así como en oposición al nacionalismo árabe que es una ideología burguesa de desesperanza para los oprimidos palestinos, del mismo modo en que lo fue el sionismo para los judíos oprimidos de Europa.
Dos pueblos, una sola tierra Uno de los más conocidos críticos palestinos de Arafat y de la caótica corrupción que impera en la Autoridad Palestina es Edward Said, profesor de la Universidad de Columbia en Nueva York (donde ha sido el blanco de una asquerosa cacería de brujas y vilipendio académico a manos de voceros sionistas por el “delito” de lanzar una piedra contra la frontera israelí después de que Barak retirara las tropas israelíes del sur de Líbano tras dos décadas de ocupación). Said fue miembro del Consejo Nacional Palestino (el “parlamento” de la OLP) desde 1977 hasta 1991, cuando renunció por considerar “desastrosos” los términos aceptados por la dirección de la OLP para participar en las negociaciones de Madrid y luego de Oslo. “Las conquistas de la intifada estaban a punto de ser arrojadas al cesto de la basura”, escribió, mientras “Arafat y algunos de sus más cercanos asesores ya habían decidido por su cuenta aceptar cualquier migaja que Estados Unidos o Israel les arrojara, tan sólo para sobrevivir como parte del ‘proceso de paz’” (Edward Said, Peace and Its Discontents [Random House, 1995]). Said calificó de “equivocada” la política del dirigente palestino, de “vulgar y desagradable” el “proceso de paz” orquestado por Estados Unidos, de “débil” e “incapacitado” al equipo de negociación palestino. Declaró mordazmente que la “capitulación” de Arafat lo había convertido “del dirigente de su pueblo en la lucha por la independencia, en el Buthelezi de Israel” (en referencia al dirigente del bantustán zulú patrocinado por Sudáfrica) “o en el presidente de un gobierno de Vichy” (el gobierno títere de los nazis en Francia durante la Segunda Guerra Mundial). Sin embargo, Said se declaró a favor de “una solución basada en dos estados a la que se llegue pacíficamente” y pasó por alto el hecho de que durante los años en que él mismo participó en el Consejo Nacional Palestino, la OLP pedía explícitamente la formación de un miniestado en Cisjordania y Gaza, que no podría ser otra cosa sino un bantustán o un régimen títere. Las pláticas de Oslo y las negociaciones patrocinadas por Estados Unidos no eran tan sólo una imposición de Israel ni solamente producto de la traición e incapacidad de la dirección de la OLP, a diferencia de lo que afirma Said. El falso “proceso de paz” expresa la lógica del programa nacionalista burgués de la OLP y de todos sus componentes, incluidos los nacionalistas de “izquierda” pequeñoburgueses que en el pasado envolvieron su programa en una fraseología marxista y que hoy son parte de la corrupta y caprichosa “Autoridad Palestina”. Ya desde el desastre de 1948, en el cual más del 80 por ciento de la población árabe fue expulsada de su tierra por los sionistas victoriosos, los nacionalistas palestinos han estado bien conscientes de que su fuerza militar y económica es sumamente inferior a la de Israel. Aunque asuman en ocasiones posturas combativas, lo que buscan a final de cuentas es que los imperialistas los acepten; compiten con los sionistas por el apoyo de las potencias imperiales. Este es también el caso de los grupos fundamentalistas islámicos, que de hecho fueron formados con la complicidad de los servicios secretos de Israel como un contrapeso a la OLP. En un libro aparecido recientemente con el título profético de El fin del proceso de paz: Oslo y sus postrimerías (The End of the Peace Process: Oslo and After [Pantheon, 2000]), Said argumenta de otra forma. Ahora afirma lo siguiente: “La crisis actual es, pienso yo, el atisbo del fin de la solución basada en la conformación de dos estados, cuya inviabilidad, quizás inconscientemente, encarnan las pláticas de Oslo. Israelíes y palestinos están demasiado entremezclados entre sí por su historia, experiencia y realidad como para separarse, aún cuando unos y otros proclaman la necesidad de conformar estados separados y que, de hecho, conseguirán. El desafío es encontrar una forma pacífica de coexistir no como judíos, musulmanes y cristianos enfrentados entre sí, sino como ciudadanos iguales en la misma tierra.”Pero aunque Said escribe ahora que el “nacionalismo se ha convertido en el callejón sin salida de nuestra vida política”, sigue siendo un liberal y busca la coexistencia pacífica sobre una base meramente democrática (burguesa). Esto resulta imposible bajo el capitalismo, que hace que los dos pueblos se enfrenten continuamente. Esto puede mostrarse con multitud de ejemplos, pero el agua es una cuestión clave en las resecas regiones del Mediterráneo oriental, separadas por un desierto de la “media luna fértil” de Mesopotamia (entre los ríos Tigris y Eufrates) y de la populosa región del Nilo. Desde 1967, el agua de Cisjordania ha estado bajo control militar. Los palestinos tienen prohibido excavar nuevos pozos, y el 82 por ciento del agua de los mantos acuíferos subterráneos está reservada para Israel. En Cisjordania misma, los colonos consumen en promedio seis veces más agua que los habitantes palestinos (Journal of Palestine Studies, invierno de 2000). El consumo promedio de agua en Israel es de 375 metros cúbicos por persona al año, en tanto que el de los palestinos en los territorios ocupados es de apenas 115 metros cúbicos. La agricultura israelí, que arroja el 2 por ciento del producto interno bruto, tiene uno de los más altos porcentajes de tierras irrigadas en el mundo (cerca de la mitad de la tierra cultivable), en tanto que en los territorios palestinos, donde la agricultura representa el 15 por ciento del PIB, únicamente el 6 por ciento de la tierra es de riego. Los sionistas se fijaron en la cuestión del agua en Palestina mucho antes del nacimiento de Israel. En 1919, el dirigente de la Organización Sionista Mundial, Chaim Weizman, escribió al primer ministro inglés Lloyd George lo siguiente: “Todo el futuro económico de Palestina depende del suministro de agua para riego y para generar energía eléctrica.” En esta carta, Weizman proponía hacer del Río Litani (ahora en Líbano) la frontera norte de Palestina. Al final de la guerra de 1948, Israel se lindaba tan sólo con una parte del Río Jordán. Para 1953, comenzó a drenar vastas cantidades de agua del Lago Tiberias para irrigar la llanura costera y el Negev, sin consultar a Siria ni Jordania. También comenzó a desviar aguas del Jordán. Cuando Siria comenzó a construir presas de almacenamiento en el Río Yarmuk a principios de los años 60 para impedir que el agua llegara al Lago Tiberias de donde Israel la extraía, los israelíes lanzaron ataques contra las obras en proceso. Líbano sospecha que Israel también ha estado bombeando aguas subterráneas de la cuenca del Río Hasbani (David Paul, “El tema del agua en conflicto árabe-israelí”). No son sólo los árabes palestinos e Israel los que se encuentran en pugna por el agua. Cuando Turquía cortó el flujo del Río Tigris para construir la enorme presa Atatürk, Siria respondió patrocinando el movimiento guerrillero del Partido de los Trabajadores Kurdos (PKK). Turquía abrió la llave de nuevo. Conflictos similares han enfrentado a Turquía e Irak por la construcción de presas que cortarían el flujo de agua del Eufrates y, en consecuencia, afectarían drásticamente la agricultura iraquí. Irak, a su vez, está drenando los pantanos de Basra, lugar donde predomina la minoría musulmana chiíta, que se ha opuesto desde hace mucho tiempo al régimen nacionalista baathista dominado por musulmanes sunitas. Los ejemplos podrían multiplicarse interminablemente. Lo mismo podría decirse acerca de los conflictos por los yacimientos petrolíferos de Medio Oriente, que están concentrados en las manos de un puñado de ultrarreaccionarios emiratos del Golfo y de la monarquía saudí. Bajo el capitalismo, estos recursos vitales han de “pertenecer” a la nación que los controle para la explotación exclusiva de su clase dominante. Esto seguirá determinando poderosamente la prosperidad o pobreza de los habitantes y de los pueblos vecinos. Sin suministro de agua, Cisjordania seguirá sumido en la pobreza, mientras los israelíes mantienen el control de los yacimientos subterráneos de agua y posponen todo acuerdo sobre este asunto vital a las negociaciones sobre el “estatus final”. Solamente una planificación económica socialista a escala
internacional podrá resolver estos conflictos.
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